HISTORIA DE UNA RESURRECCIÓN

Pocos, muy pocos, contemplaban la posibilidad de que esta peculiar ópera prima del director debutante Galder Gaztelu-Urrutia fuese a pasar como algo más que una reliquia de culto inadvertida para el público general. Incluso frikis cinéfilos como un servidor, que la vimos debutar tímidamente en las carteleras españolas en noviembre del año pasado tras triunfar en el festival de Sitges (cuando todavía no teníamos bichos microscópicos amargándonos la vida), vimos imposible asistir a alguna de sus muy limitadas sesiones. Pero entonces, como viene siendo frecuente durante los últimos años, llegó el salvador de la distribución, San Netflix, y trajo al hijo pródigo hundido entre los procelosos mares de los blockbuster acudiendo a nuestro rescate justo cuando las salas de cine se veían obligadas a cerrar sus puertas en nuestro país. Y no podemos hacer otra cosa que darles las gracias por descubrirnos esta obra.

Cuando lo petas en Sitges y en Netflix like a boss.
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Lo importante es lo que se cuenta

El Hoyo es una película sorprendente, modesta en su apartado técnico pero ambiciosa en su propuesta y en sus pretensiones de producto reflexivo y revestido de crítica social. Su director nos ofrece un filme con referencias visuales y ambientación claustrofóbica muy evidentes (entorno opresivo y enigmático al estilo Cube, experiencias traumáticas con escaso aprecio por la salud física y mental de sus personajes a lo Saw), pero al cual logra imprimir su propia identidad desde detrás de las cámaras. No hay grandes virguerías técnicas como planos secuencia o impactantes panorámicas, pero estamos ante una dirección puesta al servicio de la narrativa. Cada plano detalle de un objeto, cada primer plano de personaje sostenido incluso durante los incómodos silencios entre diálogos está puesto al servicio de una historia que sí desconcierta, abruma y sorprende. Hay sin embargo algunos detalles visuales muy llamativos tales como ver el rostro de un personaje transformándose en el de otros, la inclusión de momento oníricos (casi de tripi) o la composición de escenas (¡¡ALERTA TECNICISMOS RANDOM!!) por medio de paneos (balanceos) de cámara o algunos travelings siguiendo a ciertos personajes, o bien la transmisión de vértigo o asco en los momentos oportunos, dejando planos desde arriba o desde abajo que quedan para el recuerdo. Todo ello evidencia que hay talento de sobra en manos de este director.

Técnicamente la película no es ningún portento, pero teniendo en cuenta su bajo presupuesto y sus limitadas posibilidades, cumple su función. En algún momento se le notan las costuras, pero es algo comprensible en un proyecto tan modesto como éste. Las escenas de acción están bien dirigidas pese a ser escasas, resultando salvajes y tensas.

Este personaje nos va a deparar unas cuantas sorpresas en lo que a “guantazos” se refiere.
Fuente: https://www.eldiario.es

En cuanto a la banda sonora, compuesta por Aránzazu Calleja, ésta hace un buen trabajo apareciendo cuando la historia lo requiere para mantener la intensidad y el suspense; aproximándose en muchos momentos al estilo más inmersivo, atmosférico y casi psicodélico que se puede apreciar en películas como Moon, Aniquilación (también distribuida por Netflix) o Mandy. Sonidos inquietantes, a veces estridentes, a veces electrónicos, que nos meten de lleno en esta tenebrosa aventura.

La fotografía es otro punto donde la efectividad y la inteligencia priman sobre la espectacularidad. Jon D. Domínguez se encarga de manejar con astucia una paleta de colores fría y azulada durante el “día”, sumergiendo al espectador en la atmósfera descarnada, salvaje y deshumanizada de este Hoyo distópico; mientras que durante la “noche”, o los momentos de locura del protagonista, son las tonalidades rojizas, emocionales y despojadas de la fría y cruel racionalidad de la prisión las que afloran. La imagen es nítida y definida salvo en momentos muy puntuales, y pese a lo tenue de la iluminación en muchas ocasiones, apenas nos encontramos con esos odiosos momentos de: “¿no se ve nada, ¿quién está pegando a quién?”.

En cuanto a las interpretaciones, no destacan por su abundancia, pero sí por su calidad. Sobresalen especialmente Ivan Massagué, interpretando al mesiánico protagonista Goreng, y sobre todo el carismático Zorion Eguileor, trayéndonos a un personaje maravillosamente complejo y divertido como es Trimagasi. Si la cultura popular es justa, este simpático abuelillo de escabroso transfondo y excéntrico comportamiento, armado con su cuchillo Samurái Plus, tiene todos los mimbres para convertirse en un icono. Tanto él como Massagué actúan con una notable expresividad, representando excelentemente los rasgos característicos de sus personajes. También ralla a un gran nivel Antonia San Juan (Imoguiri), en un papel muy distinto del que nos tiene habituados, y que interpreta con solvencia y notable registro dramático. El papel de Alexandra Masangkay como la enigmática y agresiva Miharu también es interesante y sorprendente.

Partiendo de una premisa aparentemente trillada y que surge de combinar planteamientos ya vistos en el cine de la ciencia ficción distópica o del terror más sangriento (un escenario cerrado, personajes sometidos a un régimen totalitario, enemigos invisibles, lucha de clases e individuos llevados al extremo de sus instintos), el guión de David Desola y Pedro Rivero logra sorprender sistemáticamente al espectador con giros bien construidos, planteamientos filosóficos y políticos atractivos y un realismo crudo. Es de esas películas a las que te acercas con escepticismo esperando la típica historia de pobres contra ricos sublevándose contra el sistema, y sin embargo te encuentras con un producto que más bien analiza la individualidad partiendo desde la colectividad.

El Hoyo es una película sorprendente, modesta en su apartado técnico pero ambiciosa en su propuesta y en sus pretensiones de producto reflexivo y revestido de crítica social.

Una propuesta muy interesante, que comienza con la llegada de Goreng a un recinto cerrado en el cual ha accedido a ingresar voluntariamente, y en el cual se sentirá cada vez más aterrorizado mientras desentraña sus oscuros secretos. Donde más brilla es en su primera hora de metraje, con diálogos brillantes y una trama que cuando parece volverse previsible, te golpea en la cara con una nueva revelación. A partir de ahí la sobreexposición se abre camino y el relato parece volverse algo más convencional, hasta que llegamos a un final que, en la humilde opinión del que aquí escribe, es perfectamente coherente con el discurso del relato pese a dejar descolocado al espectador en un primer momento. Para más detalles, pasamos a la zona de SPOILERS.

VALORACIÓN: 8,75

TRAILER:

¡¡¡¡¡SPOILER ALERT!!!!!! ¡¡¡DANGER!!!


El Hoyo es en esencia un diagnóstico profundo de la humanidad, desde el individuo hasta la sociedad. No incurre en el tópico habitual de que cada personaje simbolice una ideología determinada y se vuelva una marioneta maniquea en manos de intereses ideológicos del guión, sino que termina concluyendo que es el individuo virtuoso, el que actúa en base a principios morales de justicia y racionalidad y lucha contra sus instintos, el único susceptible de generar cambios efectivos en la sociedad. Un hombre que no cree en la Administración, porque ha visto las consecuencias de sus buenas intenciones. Un hombre que no es esconde tras la irresponsabilidad y que desenmascara a los hipócritas. Esto se aprecia claramente en la réplica de Goreng a Trimagasi cuando éste último intenta justificar su canibalismo:

“Quiero que sepa que le responsabilizo a usted. No a la gente de arriba, no a las circunstancias, ni siquiera a la Administración. A usted”.

Tampoco deja títere con cabeza contra los cómplices del sistema, que esgrimen el pretexto de querer cambiarlo desde dentro (personaje muy bien representado por Imoguiri). Confían en que la Administración no está corrupta, en que puede ser mejorada mediante la convicción y la educación en una “solidaridad espontánea”, mientras ellos mismos disfrutan de privilegios por el hecho de trabajar para el propio sistema; generando por ello un conflicto de intereses de difícil resolución:

¿“Usted pudo escoger a su compañero de nivel? Yo no”.

Goreng, como buen anarquista poco negociador, recurre a amenazar sirviéndose de su posición de poder. Dicho de forma poco escatológica. En una sociedad donde no se permite el libre acuerdo ni que las personas decidan ser pacíficas y compartir los recursos escasos, manda el que está más arriba, más próximo al poder real. Sea éste político, religioso, económico, o un mix de todos o de algunos de ellos.

Por otro lado, la obra también divaga sobre las consecuencias psicológicas de actos extremos, como el asesinato o el canibalismo:

“Ahora somos iguales. Asesinos los dos […]. No me iré nunca. Ahora le pertenezco a usted. […] Pero usted también me pertenece a mí”.

En este caso la película analiza la repercusión psicológica del acto del asesinato sobre el perpetrador. Aunque sea en defensa propia, arrebatar una vida deja secuelas indelebles en la mente del individuo moralmente sano. Y parte de él, de su identidad, queda reflejada en el asesino si previamente ha existido convivencia entre ambos. La prueba irrefutable es que, tras esta truculenta secuencia, Goreng va progresivamente imitando la personalidad y el comportamiento de Trimagasi (marcas en la pared, repetir sus expresiones…).

Manejando los tópicos del género, el guión es de nuevo inteligente. El momento en el que Trimagasi resume en cinco líneas de diálogo el argumento típico de cualquier película de encierros, demostrando que la historia no va a tirar por lo evidente, es sencillamente brillante. La violencia, en contraste con la cultura (nadie parece entender que Goreng elija traer un libro al Hoyo), no entiende de clases sociales, de civismo ni de razas. Cuando se utiliza, aunque sea de forma sutil y casi invisible, para imponer una relación social, termina consumiéndola.


Sobre el final, la obra pedía un final abierto y ésta nos lo proporciona. ¿Es real la historia de la niña? Podría parecer que sí, y entonces el símbolo ha llegado a los de arriba y el juego se ha roto. O bien arriba podrían simplemente ocultarlo y librarse de ella. Nadie la ha visto subir de entre los reclusos. ¿La escena del pelo en la panacota es el verdadero final anticipado? ¿Es el desenlace una ensoñación de un Goreng que fallece durante la última pelea? Podría ser, dado que Imoguiri le cuenta el verdadero transfondo de Miharu. Pero recordemos que también le dijeron que había 200 pisos, cuando hay en realidad 333 (es decir, 666 personas. Número diabólico 😈). Nada es mentira y nada es verdad, solo podemos confiar en nuestros actos como individuos.

Ay Señor, dame paciencia para acabar de leer este tostón
Fuente: https://www.vix.com

La obra tampoco ignora la denuncia de fenómenos como la «titulitis» educativa (los famosos títulos homologados se tratan con bastante sarcasmo), las consecuencias del racionamiento alimentario (por mucho o muy bien que se intente distribuir, nunca va a haber suficiente comida para todos confiando únicamente en la buena fe de los individuos) e incluso se atreve a cuestionar el propio dogma de la lucha de clases. A priori todos los residentes del Hoyo están en las misma condiciones de partida. Cada mes se les asigna aleatoriamente una posición «social», partiendo de un igualitarismo casi absoluto. Al haberse abolido las clases sociales, los que un día tienen conciencia de ricos al mes siguiente deberían aprender la lección y dejar de actuar como tal. Pero no lo hacen. Los impulsos humanos funcionan por encima de la voluntad reinsertadora de la planificación central, y por ello este perverso experimento social está abocado a fracasar. Y es algo que la propia Imoguiri termina asumiendo, ofreciendo su cuerpo para que la única persona con voluntad para afrontar esta realidad pueda sobrevivir.

Y así actúa Goreng, que pasa de idealista a antihéroe revolucionario, pero sin renunciar a sus principios ni sucumbir (casi nunca) ante la tentación de dejarse llevar por sus instintos animales antisociales. La obra no nos habla de que el ser humano sea egoísta como individuo y que si actuamos por el bien común nos iría mucho mejor, sino que recorre otro camino más interesante. La libertad individual no es más que codicia, locura y sufrimiento, si no es racional y responsable. Y desde luego, que la autogestión (recordemos que al Hoyo se le llama Centro Vertical de Autogestión) ofrecida por un régimen totalitario que limita la libertad de organización de sus súbditos, conduce a la destrucción y al egoísmo. Recordemos eso cada vez que echemos la culpa a la sociedad de nuestros propios errores.

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