COMO PEZ FUERA DEL AGUA

Hay productos con tanta identidad, tan peculiares y que destilan tanta personalidad propia, que terminan siendo directamente inseparables de su autor. Resulta, por tanto, imposible desvincular esta película de su director: el controvertido genio Tim Burton.

Luces y sombras

Tim Burton es uno de los creadores más laureados y reconocidos de los años 80 y 90 dentro del cine de entretenimiento, tanto en el mundo de la animación como en de la acción real. Tras realizar diversos cortos pronto triunfó con uno de sus primeros largometrajes: la icónica Bitelchús. El estilo de este director refleja su extravagente y cautivadora personalidad: un estilo generalmente gótico, con presencia de monstruos de todo tipo que generalmente rompen el estereotipo de la deformidad malvada y con una preponderancia de la emotividad y los sentimientos frente a la racionalidad. En mi humilde opinión, cuando resulta sencillo identificar el sello de un director con sólo observar unos pocos fotogramas de una película, sabemos que nos encontramos ante un artista con talento. Independientemente de que su estilo sea más o menos compatible con tus preferencias.

Resulta incuestionable que Tim Burton ha engendrado grandes obras imperecederas, tales como Eduardo Manostijeras, Sleepy Hollow, Pesadilla Antes de Navidad, Charlie y la Fábrica de Chocolate, Batman, Ed Wood, La Novia Cadáver y Sweeney Todd; y otros productos más denostados por el público como Batman Vuelve, el remake del Planeta de Los Simios, El Hogar de Miss Peregrine, Alice in Wonderland, Sombras Tenebrosas o el estimable live action de Dumbo. ¿En qué categoría se encontraría Big Fish? ¿En su lista de obras memorables, o en la de fracasos?

Genio y figura

Big Fish es otro de esos proyectos, al igual que Interstellar, que en un principio estuvo reservado al inmenso talento del polifacético y prolífico Steven Spielberg; y que tras la imposibilidad de ser dirigida por éste, le fue asignada a un genio que logró imprimirle una potencia visual y emocional capaz de volverla un éxito de crítica y público. Adaptación libre de una recopilación de relatos cortos escrita por Daniel Wallace, Tim Burton logró construir un relato familiar cohesivo para vertebrar los conmovedoramente bellos e ingenuos relatos cortos protagonizados por el carismático Ed Bloom, y evitar así que la historia quedase excesivamente fragmentada. Y, pese a que en su comienzo puede seguir pareciendo excesivamente episódica, la película se va desarrollando y creciendo hasta convertirse en uno de los peces más grandes del lago de maravillas de Tim Burton.

El estilo de este director refleja su extravagente y cautivadora personalidad: un estilo generalmente gótico, con presencia de monstruos de todo tipo que generalmente rompen el estereotipo de la deformidad malvada y con una preponderancia de la emotividad y los sentimientos frente a la racionalidad.

Casi cada plano de la película atesora una gran belleza estética
FUENTE: https://www.ecartelera.com/

La dirección de Tim Burton es sin duda el elemento más destacable de la película. No tanto por sus virguerías técnicas (que algunas tiene, como algunos planos panorámicos sensacionales o planos largos muy bien construidos), sino por la inmensa creatividad visual que derrocha en cada momento. Si bien en la historia «real» del Edward Bloom anciano se muestra más contenido, es en los casi idílicos relatos del joven Bloom donde despliega todo su arsenal de recursos estilísticos: preciosas transiciones, imágenes bucólicas llenas de sensibilidad, imaginativas criaturas mágicas (brujas, gigantes, hombres-lobo, enanos, ….), apareciendo de nuevo el circo de los horrores como una familia tierna de marginados sociales. Pese a ser uno de sus temas más recurrentes, en esta obra se trata de una manera más incidental, como una historia más dentro del tapiz que conforma la vida de su protagonista, pero resulta palpable que es en éstos momentos de apabullante fantasía donde el creador de Burbank se muestra más cómodo.

El montaje es uno de los puntos débiles de la obra, y también uno de los más meritorios. El relato se siente a veces demasiado discontinuo, con una excesiva reiteración de la estructura: conversación en la vida real, recuerdo de Ed Bloom, batallita, historia contada por él. No obstante parece mentira que el bueno de Tim Burton haya logrado comprimir tantos relatos, tantos personajes, tantas sensaciones y tantas aventuras en sólo 126 minutos de metraje. Teniendo en cuenta que su fuente original era una recopilación de historias cortas con el protagonismo de Ed Bloom como hilo conductor, este defecto de falta de dinamismo narrativo resulta más comprensible. Además, conforme avanza la trama la conexión entre pasado y presente empieza a adquirir consistencia, hasta el punto de cobrar una uniformidad muy emocionante en su parte final.

Los paisajes, lúgubres o hermosos, están captados con una belleza singular, y la metáfora del gran pez fuera del agua, del hombre demasiado puro y soñador para este mundo tan anclado en la realidad, está presente por todas partes sin saturar. Cabe destacar el juego visual con el transcurso del tiempo que hace en una escena determinada, que en mi opinión constituye una de las metáforas más ingeniosas y divertidas de toda la obra.

Arte en movimiento

Al efecto casi hipnótico de sus escenas contibuye de manera esencial la fotografía de Philippe Rousselot, generalmente colorida y con predominio de colores cálidos. Para mostrar el contraste entre la relativamente cruda historia real y los preciosistas cuentos de la juventud de Ed Bloom se utiliza una paleta de colores casi sobresaturada para la primera, haciendo que su hermosura a veces deslumbre (pudiendo llegar a cansar la vista de los más reacios a las vista luminosas) y en otras esboce una preferencia clara por la realidad aderezada de fantasía, destilando grandilocuencia en las escenas con mayor potencia emocional. Sólo hay un momento de la obra donde el estallido sentimental llega a conmover pese a su sobriedad, en gran parte gracias a la sensacional interpretación de sus dos protagonistas. Pero éso será comentado con mayor detalle en la zona con spoilers.

En cuanto a la banda sonora, compuesta en su mayor parte por el casi siempre notable Danny Elfman, desata todo su talento en esta inconmensurable banda sonora (que, entre otras cosas, le hizo merecedora de una nominación al Óscar). Siempre está presente en el relato, ensalzando los momentos emotivos (a veces buscando descaradamente la lágrima y consiguiéndolo casi siempre con éxito), inquietando en los momentos misteriosos e intercalando con algunos temazos de Pearl Jam o The Allman Brothers. Todas estas piezas, en mayor o menor medida, propician que el espectador se sumerja en una tremenda ambientación que siempre acierta en las sensaciones que transmite.

Sobre los efectos especiales, son más que destacables. En algún momento se abusa de los efectos visuales por ordenador, pero en general se utilizan con inteligencia y están dotados de encanto y vida. No hay prácticamente ningún momento de acción o de magia visual que no se sientan únicos y emocionantes. El realismo mágico que exhibe Tim Burton, uno de sus sellos de identidad (importado de la literatura clásica latinoamericana de Gabriel García Márquez o Isabel Allende), es aquí un logro indudable.

En lo que a las interpretaciones respecta, su reparto es estelar y repleto de geniales actuaciones. Su carismático protagonista joven, representado por un excelente Ewan Mcgregor, desprende alegría, optimismo y espíritu de aventura. No estamos ante su mejor actuación, pero si una de las mejores. Se contiene cuando debe, pero siempre esbozando una sonrisa, y sin caer en ningún momento en la sobreactuación. Los veteranos Jessica Lange y Albert Finney rayan a un nivel espléndido, y son para mí el pilar emocional de esta película. Ambos, juntos o por separado, protagonizan las escenas donde el drama y el romance se combinan de una manera bellísima, sólo con gestos o miradas. También sobresalen Marion Cotillard, en un encantador papel secundario; Helena Bonham Carter, que se come la pantalla cada vez que aparece con una gran facilidad; y un buen Matthew McGrory nos ofrece uno de los personajes secundarios más simpáticos de la cinta. No obstante, a quien debo destacar como casi siempre que aparece, es al portentoso Steve Buscemi. Al comienzo como un poeta acomodado e inútil, después en un papel que trae recuerdos de su personaje en Reservoir Dogs, proporciona algunas de las escenas más divertidas y locas de la cinta. Tim Burton sabe de su talento para las secuencias humorísticas, y el guión le ofrece la que para mí es una de las mejores (y más gamberras) partes del film

La parte más discreta de la cinta la traen Danny DeVito, que pese a cumplir en uno de sus muchos papeles como director de un circo, no destaca como debería un actor de su tremendo talento; y sobre todo un mediocre Billy Crudup, que algunos momentos logra transmitir emociones (en el final de la cinta y en su comienzo), pero que entre medias no consigue aprovechar la significativa cantidad de metraje de la que dispone. Son más sus momentos insípidos o faltos de carisma que sus momentos conmovedores, y por tanto empatizar con su personaje (que está bien escrito y es interesante) se hace complicado.

En lo que respecta al guión, la historia es sencilla y directa. Plantea el dilema moral, un tanto tramposo, entre el realismo descarnado y el romanticismo de la imaginación para adornar la verdad. Sin embargo logra transitar por este filo con éxito, ya que el personaje de Will Bloom representa el fruto de esa educación aparentemente basada en las medias verdades o en las historias parcialmente ilusorias contadas por su padre. Tiene tópicos mil veces vistos (la historia de amor clásica, la relación padre-hijo de redención del último frente al primero, el hombre casado que parte a la guerra y regresa cuando ya se le da por muerto…), pero si se acepta la perspectiva de que la mayoría de ellos se encuentran enmarcados dentro de la fantasía que Ed Bloom construye a su alrededor, pueden pasarse por alto. El espectador tiene que entrar al juego entre realidad y ficción que construye Burton; de lo contrario, la historia puede parecer cursi, «naif» y hasta ñoña. Pero no lo es si tenemos en cuenta el transfondo dramático que subyace a todas las fantasías de su protagonista y a la vida de su familia. No tiene giros de guión, abusa de la sobreexposición y arriesga lo justo y necesario, pero lo compensa con una narrativa ágil y muy bien contada. Desaprovecha a algunos personajes secundarios con mucho potencial, pero también facilita que pueda centrarse más en el conflicto principal de la historia y reforzar su mensaje sin que el ritmo caiga en ningún momento

Opinión aparte merecen sus excelentes diálogos, con frases divertidas, otras tremendamente profundas y existencialistas, y algunas incluso ácidas. En pocas ocasiones se atreve a cuestionar los paradigmas establecidos, pero cuando lo hace la película sube bastantes enteros. Si Burton fuese la mitad de valiente en este aspecto que en su osadía visual, probablemente sus obras serían incluso más potentes a todos los niveles.

En resumen, Big Fish es una preciosa obra de arte imperfecta. Apela mucho más a la visceralidad emocional que a la intelectualidad, y de hecho su mensaje se opone en parte al empirismo y a vivir demasiado anclado a la realidad de los hechos. Lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo y quién lo cuenta. No es desde luego mi aproximación favorita, ni comparto plenamente el conjunto de las lecciones que nos enseña este bello cuento; pero, como sucede con los grandes relatos de nuestras infancia, no debemos compartir su moraleja, a veces demasiado simplista, para amarlos. Sólo hay que sentirlos. Y cuando una película te hace sentir por encima de todo, sabes que ha merecido la pena por encima de sus defectos

VALORACIÓN: 8,5

TRAILER:

¡¡¡¡¡SPOILER ALERT!!!!!! ¡¡¡DANGER!!!


Big Fish es la entrañable historia de un hombre, Ed Bloom (flor o florecer en inglés), rutilante y luminoso como una flor (bloom significa flor o florecer en inglés), con una vida intensa y no exenta de momentos complicados. Es difícil desvincular realidad de ficción en su pasado, ya que incluso para aquellos que han convivido con él, resulta difícil separar ambos componentes. Puede parecer un problema de guión que sea difícil extraer una historia coherente y despojada de fabulaciones sobre su biografía, pero en realidad se trata de una pretendida intencionalidad de la obra. Como dice el propio Will Bloom:

“Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal.”

Ed Bloom es consciente de lo que ha vivido. No está loco, no vive en otra realidad paralela. En una escena emocionalmente muy intensa, su hijo (que desempeña el papel de espectador racional) le inquiere sobre si realmente es todo una fachada para ocultar una doble vida, o posibles traumas inconfesables. Para ello se utiliza la acertada metáfora del iceberg:

“Lo fascinante de los icebergs es que sólo ves el 10%, el otro 90% está bajo el agua y no lo ves. Y contigo es lo mismo papá, solo veo un trocito que sobresale por encima del agua.”

Esta posibilidad, que tal vez propiciaría a otro director más realista la posibilidad de ofrecer un relato oscuro sobre los problemas mentales o las consecuencias psicológicas de la mentira y la inmadurez, son rápidamente rechazadas por Ed con contundencia. Es Tim Burton el que nos habla a través del protagonista de su historia, argumentando que él nunca ha fingido nada. La imaginación forma parte de su visión de la realidad, y cuando ha adornado sus historias, lo ha hecho para transmitir su optimismo, alegría y esa misma percepción sobre el mundo, a los demás. Para ayudarles a mejorar y a disfrutar de sus vidas como él mismo lo hizo con la suya propia.

Cuando te levantas con toda la resaca y no recuerdas dónde dejaste el coche
FUENTE: https://www.diariodenavarra.es/

Desde los comienzos de su vida Ed Bloom fue un chico valeroso y temerario, curioso y aventurero. Todas sus fantasías acerca de brujas, árboles asesinos y demás amenazas no constituyen otra cosa que muestras de su confianza en su capacidad de resiliencia; de controlar su vida y sobreponerse a las consecuencias de su carácter imprudente imponiendo su fuerza de voluntad y su carisma. Siendo un joven de salud frágil logró convertirse en una persona querida y respetada en su propia ciudad de origen gracias a su bondad y a sus acciones en beneficio de la comunidad (probablemente no de la forma tan heroica y estereotipada que se refleja en sus historias, que parecen sacadas de un cómic viejuno de Superman, pero sí lo suficiente como para que se le conozca fuera de su localidad); con sacrificio y dedicación se labró una manera de conocer a la mujer de la cual se enamoró a primera vista, y posteriormente de conseguir casarse con ella; y también tras una lucha infatigable (y alguna que otra gamberrada imprevista, como implicarse en el atraco a un banco) consigue asegurarse un empleo que le permita subsistir y a la vez poder aplicar sus principales virtudes: su don de gentes y su espíritu de viajero inquieto.

Pese a todo lo anterior, sus decisiones vitales tuvieron implicaciones. La más relevante de ellas, que no pudo permanecer junto a su familia todo lo que quiso. No pudo estar presente cuando su hijo nació (aunque probablemente tampoco se lo habrían permitido), ni en otros momentos trascendentales en su vida, y todo ello es una losa que se ha interpuesto entre ambos conforme el chico crecía y adquiría consciencia de la ausencia de su progenitor en comparación con los de sus otros conocidos. Ed Bloom lo sabía, pero siempre trató de obsequiar a sus seres queridos con versiones edulcoradas y apasionantes de sus ya de por sí interesantes aventuras, para excitar su imaginación y estimular su optimismo. Para contagiarles su espíritu indómito y sus ganas de vivir pese a las adversidades. Esto se refleja perfectamente con la analogía del pez, y la constante necesidad de Ed Bloom de regresar a su realidad y servirse de su espíritu indómito para olvidar la tristeza y el dolor que a veces arrastran nuestras vidas cotidianas:

“Algunos peces no se dejan pescar. No es que sean más rápidos, o más fuertes que los otros peces. Es solo que han sido como tocados por la gracia. El Bestia era uno de esos peces.”

Ed Bloom fue un hombre único, repleto de amor e incapaz de albergar sentimientos impuros, crueles o maliciosos. Nunca mintió a sus seres queridos para ocultarles la realidad, ni para apartarles de ella, sino porque era su manera de vivir. Tal vez podemos estar más o menos de acuerdo en que contar historias exageradas a tus hijos a modo de cuento te dure eternamente aunque ya hayan superado la treintena, e incluso lo extiendas al resto de los que te rodean; poniéndonos críticos, puede reflejar alguna patología (como la disonancia cognitiva) en la cual el protagonista vive una realidad que es a la vez esencialmente correcta pero con elementos plenamente inventados por él mismo. Aún así todos, en mayor o menor medida, adornamos nuestras historias al relatarlas. Bien puede ser para admirar, sorprender, agradar, alegrar, suscitar envidia o simplemente por entretenimiento. Desde mi punto de vista, prefiero verlo como un componente que le otorga tridimensionalidad a Ed. No es perfecto, ha cometido sus errores, puede que su forma de vivir la vida sea excesivamente risueña y soñadora y le haya ocasionado conflictos con su propio hijo; pero al final se observa que ha quedado más bueno que malo después de todo ello. Todos lo que alguna vez han pasado por su vida le recuerdan con alegría, y vienen a verle. No importa qué lejos estuviese la realidad de lo que vivieron junto a él de lo que ha contado al resto: todos tienen en común su aprecio a Ed, y un recuerdo imborrable de su cariño sincero. Esto es lo que finalmente acaba comprendiendo Will:

“¿Alguna vez has escuchado un chiste tantas veces que has olvidado por qué es gracioso? Y luego lo escuchas nuevamente y de repente es nuevo. Y recuerdas por qué lo amabas al principio.”

Will decide tomarle el relevo a su padre, en una de las escenas más emocionantes de la cinta. Porque aunque sea el cáncer el que realmente vaya a llevarse a Ed de este mundo, lo importante no es cómo murió realmente esa persona sino cómo le recuerden todos. Y qué preciosa historia desea revivir a través de la voz de otros, para sentir esa sensación que perciben sus oyentes cuando le escuchan relatarlas. Ed sabe cómo va a morir: como vivió. Dentro de una de sus historias. Sí, muere, se aleja de sus seres queridos para siempre, pero con alegría; y siempre permanecerá junto a ellos, siendo ese enorme pez una metáfora de los recuerdos sobre él que siempre perdurarán.

Otro de los temas habituales en su obra, y que aquí también queda plasmado con genuina personalidad, es su circo de monstruos tristes y cariñosos. Tanto el famoso gigante Karl (en realidad un hombre deforme aquejado de gigantismo), como los integrantes del circo donde trabaja (siendo su director un ejemplo de «monstruito» torturado que encuentra en sus compañeros de circo un refugio donde no ser juzgado ni excluido), como durante un tiempo el propio Ed, no son más que seres incomprendidos, con sentimientos y anhelos como cualquier otra persona. La deformidad o la diferencia, que algunos consideran defecto invalidante, no les impide poder convertirse en héroes o en personas comunes con trabajo y familia.

La película también refleja un proceso vital enormemente complejo, como es el de la madurez asociada al crecimiento. Ed adquiere responsabilidades, trabaja, tiene hijos, pero jamás renuncia a sus ideales ni a su estilo de vida. Puede que ellon conllevase perderse algunos momentos importantes en la vida de su hijo:

“- Tener un hijo lo cambia todo. Están los pañales y hacerle eructar y darle de comer a la medianoche.

– ¿Hiciste algo de eso?

– No. Pero oí que es terrible.”

Pero en realidad, ésto no son más que circunstancias aleatorias. Ed siempre estuvo junto a Will, alimentando su curiosidad con sus historias. No en vano, Will terminaría siendo escritor. Como un buen padre, Ed se esforzó en que su hijo despertara una vocación en sí mismo, creándole una ilusión que le permitiese vivir y ser feliz. No faltan en la película preciosos recuerdos de Ed junto a Will, unidos a través de las historias de su padre. En un comienzo, al principio del film, su hijo se encuentra hastiado de que su padre siempre termine adquiriendo el protagonismo por el carácter tan pintoresco de sus relatos, y esa frustración le lleva a pensar que realmente Ed es un hombre pagado de sí mismo e incapaz de reparar en las necesidades de los demás. Pero con el tiempo repara en que no es así; simplemente tiene una manera distinta de expresar amor: a través de sus historias, de los cuentos que puede y no haber vivido en su integridad, quiere ser un faro que guíe a los demás y les transmita sus enseñanzas. Suena al típico yayo que cuenta batallitas, y efectivamente algo de eso hay; pero precisamente ésto puede ayudarnos a comprender mejor a nuestros familiares más ancianos.

Ed Bloom es un hombre qué nos enseña cómo deberíamos amar. A nuestros amigos, con sinceridad, cariño y honestidad (no duda en ofrecerse a ayudar a Jenny por el cariño que siente hacia ella, pero tampoco puede engañarla ni confundirla porque realmente no siente ningún tipo de conexión romántica con ella); a nuestra familia, siendo nosotros mismos y ofreciéndoles lo que hemos aprendido para que ellos también puedan ser mejores personas y ser partícipes de lo que nos produce felicidad; y a las personas a las que amemos tanto como para enamorarnos, entregándoles todo nuestro cariño con fidelidad, y mostrándoles hasta la última fibra de nuestro ser y de nuestra fuerza. Y a través de este entrañable personaje, en el cual muchos veremos reflejados a nuestros propios padres, abuelos, tíos o hermanos, también nos enseña esta película a aprender a amarlos como son. Porque por encima de todo la vida es finita, y debemos aprender a disfrutar de su compañía mientras vivan; y cuando fallezcan, no recordarles en una lúgubre y triste ceremonia, sino en una fiesta donde todos los que alguna vez han sido importantes en su vida se reúnan, y cuenten sus historias. Tal vez sea ése, el recuerdo de los que ya no están, el secreto que oculta el mito del alma inmortal humana. Morimos, pero seguimos viviendo a través de nuestros actos y de las historias que dejamos atrás.

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