LA ECOLOGÍA TAMBIÉN PUEDE SER ÉPICA

La animación japonesa es de las pocas industrias que puede competir sistemáticamente en cuanto a calidad y diversidad de contenidos respecto de la inconmensurable fábrica de sueños norteamericana de Disney. Obviamente el conglomerado Disney-Pixar es imbatible en cuanto a presupuesto o a impacto comercial, pero figuras fulgurantes como las de Hayao Miyazaki, Mamoru Oshii o Shinichirō Watanabe han estado demostrando sobradamente durante las últimas décadas que el lejano Oriente es una potencia incuestionable dentro del género animado.

A diferencia de la animación occidental, más orientada a un público infantil-juvenil (Pixar es un estudio cuyas obras suelen adoptar un enfoque más maduro, pero no dejan de ser aptas para todos los públicos), los estudios nipones suelen exhibir un tono más variado; siendo especialmente destacable su dirección artística y, en no pocas ocasiones, sus elaborados guiones dirigidos claramente a un público adulto. La princesa Mononoke es, junto a Ghost in The Shell y Akira, uno de los mejores exponentes de esta corriente.

Hayao Miyazaki, una leyenda viva de la animación

Hayao Miyazaki es, fuera de toda duda, el mayor talento creativo que ha engendrado la industria de la animación japonesa. Ganador de un premio Óscar y de muchos otros galardones internacionales, gran amigo y admirador de Akira Kurosawa, del legendario Jean Giraud «Moebius» y del genio canadiense Frédéric Back, Miyazaki es uno de los autores más personales, influyentes e imaginativos de la historia del cine de animación. Fue un renovador absoluto del género, tomando influencias de multitud de referentes ubicados tanto dentro de la cultura tradicional japonesa como en los cuentos clásicos y en leyendas y obras literarias occidentales.

Pese a iniciar su carrera como director en el estudio Lupin III, tras llevar a cabo diversos éxitos moderados, decidió fundar su propio estudio: el legendario Estudio Ghibli.

Prácticamente desde sus inicios, su recién fundada productora le reportó un éxito detrás de otro. Hayao Miyazaki, hombre de profundas convicciones antibelicistas, feministas y antinacionalistas, encontró la libertad creativa que necesitaba y, con ello, pese a sufrir no pocos obstáculos, llegó su consagración como director y artista. Tras desarrollar diversos largometrajes de animación (uno de ellos adaptados de un manga propio, Nausicaa del Valle del Viento), Hayao Miyazaki se dispuso a acometer una de sus obras más complejas, adultas y pesimistas. Y a pesar de sus reticencias iniciales, de las enormes exigencias presupuestarias ( se requirieron más de 20 millones de euros), de su contenido más maduro de lo habitual, y del temor a un fracaso comercial, la película consiguió salir adelante.

¿Y qué ocurrió? Pues un hermoso milagro, pocas veces visto en la historia del cine; pero que cuando sucede, fascina y conmueve a partes iguales: la película lo petó. Sólo en Japón llegó a recaudar 102 millones de euros (siendo sólo destronada por el titán comercial que supuso la Titanic de James Cameron), obtuvo un notable reconocimiento en Occidente, y sentó las bases para que, posteriormente, el Viaje de Chihiro fuese recompensada con el premio Óscar a mejor película de animación. La concesión de este galardón no empezó a otorgarse hasta el año 2001, pero desde luego la Princesa Mononoke es una de esas joyas atemporales que, por mala fortuna cronológica, no llegó a obtener un merecimiento mayor fuera de las fronteras de su país de origen.

Un prodigio técnico y artístico

La Princesa Mononoke fue un portento visual para su época, y sigue siéndolo hoy en día. Pese a haber sido ampliamente superada por los múltiples avances tecnológicos que ha ido incorporando el cine de animación, artísticamente la princesa Mononoke goza de una belleza única y singular.

La simbiosis entre diseño por ordenador (fundamentalmente en algunos retoques digitales) y dibujo manual es prácticamente perfecta, y tanto las expresiones de los personajes como el cautivador preciosismo de sus paisajes y escenarios impacta como el primer día. La obra está ambientada en la era Muromachi japonesa (1338-1573), aunque se trate de una película de contenido esencialmente fantástico, y la magia de los mitos y de los ecosistemas del país nipón se materializan en cada plano; sea éste general o panorámico. Esta obra representa el máximo potencial que podía alcanzar el dibujo artístico en movimiento a finales del siglo XX.

La película destila belleza en cada valle, cada río, cada bosque y cada montaña. Los parajes naturales, en consonancia con la mentalidad ecologista de Miyazaki, deslumbran por su espectacularidad visual. Tan sólo es en las zonas urbanas, o donde la presencia humana perturba la evolución estrictamente biológica del medio ambiente, cuando los entornos se vuelven más sórdidos y feístas sin, por ello, perder el nivel de detalle o de calidad.

Lo mismo puede decirse respecto de la banda sonora compuesta por Joe Hisaishi. Habitualmente majestuosa y épica, resaltando el carácter aventurero de la obra, en las partes intimistas o más oscuras sabe también transmitir sensaciones con unas pocas notas. Su tema principal, Legend of Ashitaka, es el más identitario y reconocible de la misma, y preside la obra como un leit motiv que sabe perfectamente cuándo y cómo debe aparecer, sin saturar ni confundir al espectador.

Como he escuchado decir a grandes expertos en cine, el buen cine bélico de aventuras no es el que hace apología de la violencia, sino el que la condena los horrores que conlleva. Y La Princesa Mononoke es la mejor evidencia de ello que tenemos en el cine de animación.

Las escenas de acción constituyen un espectáculo sorprendentemente crudo y directo, supeditando la grandilocuencia a un retrato fiel de los horrores de la violencia que acompaña al conflicto en general, y a la guerra en particular, Lo realmente alucinante de esta película, que para algunos puede resultar contradictorio, es que sus combates o sus momentos de tensión están inmensamente trabajados, y logran sumergirte en la acción; y, no obstante, también consiguen que el espectador empatice con las víctimas de la violencia y se horrorice ante ella. Como he escuchado decir a grandes expertos en cine, el buen cine bélico de aventuras no es el que hace apología de la violencia, sino el que condena los atrocidades que conlleva. Y La Princesa Mononoke es la mejor evidencia de ello que tenemos en el cine de animación.

El montaje de la película es maravilloso, preservando durante la mayor parte del relato un ritmo que atrapa al espectador en sus redes durante 133 minutos casi sin parpadear. Debo confesar que en mi más reciente visionado ya eran unas horas bastante inapropiadas de la noche, y pese a ello no tuve la tentación de dormirme en ningún momento. En detalles como éste reside la magia de esta obra, en la cual nada sobra, todo tiene su significado, y en la cual se alternan con maestría las (escasas) secuencias reposadas que proporciona la trama con la tensión y el misterio que envuelve a la maldición del protagonista.

En cuanto a la dirección de Hayao Miyazaki, aquí no queda otra que deshacerse de nuevo en elogios. Esta obra es la traslación de la creatividad de un artista en el pináculo de su genialidad. Las transiciones entre escenas y secuencias y los travellings con la cámara siguiendo a los personajes son efectivos y están ejecutados con clara intencionalidad, al igual que casi todos los planos de la película. Estéticamente es preciosista, pero la puesta en escena de la narración es más concienzuda y utilitaria. Ni siquiera en los diálogos se limita siempre al tradicional plano-contraplano entre interlocutores, sino que ocasionalmente juega con las perspectivas confiriendo dinamismo al relato sin que exista ninguna sensación de repetición.

Uno de los recursos más frecuentes del director a lo largo de la película son los planos descendentes y los barridos giratorios, en los cuales Miyazaki muestra al espectador el entorno en el que se mueven los personajes con fines de inmersión. En esos instantes puede uno deleitarse con la imaginería visual del director y con la magnificencia de los paisajes que representa; siendo los descendentes un recorrido desde lo más alto (las montañas, los árboles, la madre naturaleza) hacia los personajes terrenales (algunos de ellos, paradójicamente, siendo dioses); y los movimientos circulares horizontales un procedimiento para recrear el punto de vista de los protagonistas de la historia al analizar el ambiente en el que se ubican.

Una historia aparentemente sencilla que oculta mucha complejidad

La historia que se narra en La Princesa Mononoke puede parecer convencional, o incluso excesivamente tópica: el príncipe de un clan japonés prácticamente extinto resulta herido y maldecido como consecuencia del ataque furibundo de una divinidad vengativa (en forma de jabalí gigante). Con el propósito expreso de hallar una cura para el inquietante estigma que le aparece en la piel se dirige hacia el Oeste, exiliado de su propia tribu, en busca de respuestas.

No obstante, la película es mucho más rica, moralmente ambigua y temáticamente amplia de lo que podría asemejar. Temas como la protección del medio ambiente, las consecuencias de las malas decisiones humanas, el impacto del progreso sobre la naturaleza, el surgimiento de fuerzas maléficas humanas dispuestas a aniquilar a los dioses tradicionales, la reprobación de la guerra impuesta sobre el diálogo… El guión es sensacional, y combina elegantemente el entretenimiento con la reflexión. Probablemente sea uno de los libretos más completos y maduros jamás escritos por el gran genio nipón. Su contenido concreto lo desmenuzaré en detalle en la zona de SPOILERS, pero tanto la ambivalencia ética de sus personajes como lo impactante de su mensaje y conclusiones la sitúan como una obra violenta y salvaje, apta para el público joven sólo si presentan suficiente madurez emocional como para presenciar batallas cruentas, rostros perturbadores y unos cuantos desmembramientos cercanos al gore puro y duro.

En resumen, La Princesa Mononoke es la primera maravilla deslumbrante del panteón de obras maestras del estudio Ghibli; un retrato serio y realista de la guerra, del egoísmo irracional humano y del efecto devastador de nuestros errores sobre nuestro medio natural. No encontraremos aquí mensajes ingenuos, conclusiones demasaido naïf ni simplificaciones infantiles. La Princesa Mononoke es gris y verosímil, dura y hermosa, complicada y violenta, como la vida misma. Hacen falta más películas así en el mundo de la animación.

VALORACIÓN: 10

TRÁILER

¡¡¡¡¡SPOILER ALERT!!!!!! ¡¡¡DANGER!!!

Y ahora vamos a tope con los SPOILERS.

La violencia como maldición

La película comienza con un acto de guerra, y concluye con las consecuencias de otra. Y es que para Hayao Miyazaki, fuertemente influido por las doctrinas sintoístas y budistas, el odio engendra violencia. Y si la respuesta a ésta es más odio y más violencia, la cólera nubla el buen juicio y conduce a hombres y dioses por igual a la locura y a ejercer una venganza contagiosa y desbocada. La evidencia más inmediata de ello la tenemos en el dios jabalí que ataca implacablemente la aldea humana donde habita el protagonista, el príncipe Ashitaka. Ofuscado por los actos atroces que la humanidad ha cometido contra su bosque y contra sus congéneres, Ashitaka se ve obligado a enfrentarse a él en una espectacular batalla que finaliza con dos efectos contrarios: Ashitaka salva la aldea, pero a cambio de que el desbocado jabalí gigante le inflija una herida incurable y susceptible de propagarse (en él y hacia otros).

Aquí es donde comienza el periplo de Ashitaka, que a raíz de la peligrosidad de su enfermedad se ve exhortado a abandonar a su pueblo y a partir en busca de aquellos capaces de sanarle, o al menos de explicarle el origen de la maldición que le aqueja. El príncipe difiere del estereotipo del héroe mitológico clásico en varios elementos:

Por un lado, no se resiste inicialmente a su destino, sino que lo acepta resignadamente para sacar todo su valor. En la resiliencia, en su capacidad para aceptar los hechos y luchar contra ellos, encuentra amparo y consejo en una de las figuras matriarcales más relevantes de la cinta: Hii-Sama. Erigida como una especie de chamán y líder espiritual de una tribu en declive, le transmite la gravedad de su estado y le revela su única opción para luchar contra él: encontrar al espíritu del bosque, y hallar el germen de esta maldición para poder aniquilarlo y poder curar su laceración maldita. Esta tribu emishi, de la que poco sabemos más allá de que constituye un clan otrora glorioso que se cree extinto y que corrió a refugiarse hacia el este para escapar de los afanes expansionistas del emperador de Japón. Lo que sí sabemos con certeza es que Ashitaka representa esas ganas de vivir pese a la adversidad:

«La vida es sufrimiento y dificultades, el mundo y el hombre están malditos, pero aún así insistimos en vivir.»

Por otro lado, pese a ser una figura claramente benigna y un héroe puro y con intenciones generosas, la maldición hace mella también en el arrojado príncipe. Durante los combates, o en situaciones de ira o desesperación, la maldición le posee, atribuyéndole facultades excepcionales (una fuerza descomunal que le permite decapitar a personas con una sola flecha de punta de piedra o abrir portones enormes), pero análogamente le despoja de sus facultades más honorables: compasión, voluntad de diálogo y rechazo a la violencia.

En última instancia, Ashitaka tampoco es un protagonista moralizador ni aficionado a los discursitos revestidos de superioridad moral. No juzga, comprende las motivaciones de aliados y adversarios por igual, y su único objetivo estriba en alcanzar la conversación pacífica entre las partes y evitar el daño mutuo que genera cada contienda bélica. Cada pelea es una pesadilla dolorosa para el protagonista, y consigue transmitir esa sensación cada vez que se pone a repartir flechas o guantazos.

La heroína de la película, que goza de menos metraje que el príncipe pero ostenta una importancia capital en el relato, es la princesa Mononoke (venganza de los espíritus en japonés). Portadora de una máscara que manifiesta esa naturaleza mixta, de humana que renuncia a su naturaleza para aspirar a vivir entre dioses, pese al rechazo de la mayoría de éstos a admitirla entre los suyos, y de ángel vengador de la naturaleza contra las agresiones humanas, es otro de los personajes complejos de la cinta.

Quién necesita caballos, cuando puede tener a lobos gigantes divinos que además son su única familia.
FUENTE: http://elcineesnuestro.blogspot.com/

La Princesa Mononoke, llamada San por sus seres queridos (Ashitaka principalmente), es princesa por su papel como líder guerrera de la facción animalista/natural. Su contraposición con Ashitaka no es total (el príncipe representa a la humanidad más temerosa de los poderes ancestrales de la naturaleza, y con menos intenciones destructoras), y por ello termina por encariñarse con él, protegerle frente a su familia animal y entablar una relación de amistad que, rompiendo el esquema tradicional del romance shakesperiano, no se ve truncado por la tragedia sino por su odio visceral a la vileza humana. No es el azar lo que determina que su amor no funcione, sino una decisión consensuada entre ambos. Este resentimiento de la princesa hacia la humanidad libre se desprende de frases como ésta:

«No me importa morir, con tal de alejar a los humanos del bosque.»

Su otra faceta es la de representar un tópico de heroína, aún con sus matices diferenciadores, heredado de la literatura de aventuras clásica. Mononoke se trata de un personaje muy similar al de Mowgli del Libro de la Selva de Rudyard Kipling, pero agregando a la ecuación el carácter divino de algunas de las criaturas que habitan en el bosque. Abandonada por sus padres en un acto de cobardía y egoísmo, Moro se apiada de la niña y decide adoptarla y cuidarla como a una hija más. De ahí que, al haberse integrado plenamente, sea capaz de aceptar con naturalidad el hecho de que el vigilante del bosque, el caminante nocturno, represente más una fuerza de la naturaleza en sí que un espíritu estrictamente benefactor:

«El espíritu del bosque da la vida y la quita. Es privilegio suyo.»

Tal y como queda hermosamente reflejando cuando el espíritu del bosque Shishigami sana a Ashitaka de su mortal herida, con sus pisadas se originan formas de vida vegetal al tiempo que otras plantas mueren. Se trata de un ser que integra en su sola figura la facultad de Dios creador de vida, y también de la propia Muerte. Tras su asesinato, el destino de toda forma de vida habitante del bosque deja de pertenecer a su voluntad, y pasa al arbitrio del azar (tal y como sucede en el mundo humano).

Los kodamas, estas simpáticas y a la vez inquietantes criaturitas, son emisarias del espíritu del bosque. En la cultura tradicional japonesa simbolizan el alma de los árboles sagrados; en la película, guían a Ashitaka por el bosque. siguiendo las indicaciones del espíritu del bosque. Cuando el bosque es aniquilado tras la muerte del Caminante Nocturno. ellos mueren con él.
FUENTE: http://www.tallon4.es/

Villanos complejos y ambiguos

Al igual que sucede con los protagonistas, los antagonistas de esta obra transitan por la línea del gris. No son seres malvados, sino individuos en busca de sus propios fines, individuales o colectivos. No son fuentes de pura maldad, sino que son capaces de realizar buenos actos; y cuando actúan con mezquindad, suelen tener razones justificadas para hacerlo (según su criterio).

Una vez Ashitaka presencia los horrores de la guerra que está provocando el ejército samurái del emperador de Japón, en pugna constante por anexionar nuevos territorios a sus dominios, Ashitaka llega a un pueblo donde conoce al afable mercader Jiko. Este le ayuda a comprar comida a una vendedora recelosa del valor del oro, tras lo cual aconseja a Ashitaka para evitar que los lugareños, una vez conocen la riqueza que posee el príncipe, traten de arrebatársela por la fuerza. Hasta aquí el mercader es una fuerza bienintencionada, similar al estereotipo de bribón antiheroico que ayuda al protagonista y le orienta en su viaje. Experimentado y astuto, es el personaje más cínico y de actitud más pragmática y realista de toda la obra. Llega a decir durante su primer encuentro con Ashitaka una de las frases más desoladoras de la película, que contribuyen a ambientarla en su contexto argumental:

– «Hoy en día, estamos rodeados de los espíritus furiosos de aquellos que murieron en la guerra de hambre o de enfermedad. ¿Hablas de maldición? Este mundo es una maldición. […]

– No debí luchar en aquella aldea. Maté a dos hombres

Gracias a ti me salvé. Todos morimos. Algunos antes, otros después[…] Lo importante es no perder contra la muerte. Eso dice mi maestro.»

Pronto descubriremos que ese maestro suyo es en realidad el emperador de Japón, que para no perder contra la muerte ha enviado a Jiko y sus secuaces a asesinar al espíritu del bosque y traerle su cabeza, que se dice portadora del don de la inmortalidad. Este miedo a la muerte que hostiga a los poderosos sin moral, que observan a la muerte como al único adversario implacable que son incapaces de avasallar, insta a Jiko a seguir propagando esa guerra asoladora que engendra espíritus furiosos. Por tanto, Jiko se convierte en adalid de la maldición. Ha aceptado la irremisibilidad de la maldad en el mundo, y simplemente se adapta para sobrevivir lo mejor posible dentro de ella.

Lo más parecido al villano de la cinta este tío gordete y bajito. Pero nada es tan sencillo en La Princesa Mononoke.
FUENTE; http://www.tallon4.es/

¿Ha condenado Ashitaka al bosque al haber intervenido en la primera batalla que se encuentra? Al haber impedido que los contendientes se fijaran en Jiko, éste ha podido cumplir finalmente parte de su misión. Por tanto el príncipe, al participar voluntariamente en la refriega, facilita involuntariamente que Jiko provoque el asesinato del espíritu del bosque. La violencia sigue engendrando violencia, aunque sea para salvar a civiles de los abusos de los invasores.

Todavía nos queda uno de los personajes más poliédricos e interesantes de la cinta: Lady Eboshi. Su presencia física es intimidante, y representa a una mujer fuerte e inteligente que se enfrenta a todo y a todos para garantizar la prosperidad y el bienestar de su pueblo. Cuando Ashitaka llega a La Ciudad del Hierro, una suerte de pueblo de western industrializado. éste descubre que lady Eboshi es admirada y respetada por todos los habitantes del pueblo. Esta se ha ganado su lealtad convirtiendo La Ciudad del Hierro en un bastión de resistencia contra el emperador, a costa de esquilmar los recursos naturales y de degradar el bosque y todo el entorno natural de la zona. La ambición de Lady Eboshi le induce a enfrentarse permanentemente a Moro, a Mononoke, y en general a todas las fuerzas divinas de la naturaleza que amenazan su estrategia de acumular materias primas para transformar su ciudad en un hábitat poderosa y situada en la vanguardia tecnológica de la época.

Cuando el honesto Ashitaka salva a dos habitantes de La Ciudad del Hierro recibe el agradecimiento y la hospitalidad de Lady Eboshi y de su lugarteniente Toki (esposa de uno de los dos supervivientes); no obstante, cuando el príncipe descubre su rivalidad irreconciliable con Mononoke, Moro, Shishigami y con las fuerzas de la naturaleza en general, éste se ve impulsado a detestarla y lleva instintivamente la mano a su espada, en un acto de violencia incontrolable. ¿Y qué le detiene? La voz lánguida y reconfortante de un leproso que, al igual que otros muchos, sólo ha encontrado misericordia y auxilio en las manos de esta dama de hierro. Lady Eboshi se erige como protectora de los débiles; y al igual que acoge a los enfermos. rescata a las prostitutas de los burdeles y las convierte en trabajadoras de sus fábricas. Lady Eboshi empodera a las mujeres oprimidas por los instintos primarios masculinos, y les entrega armas especiales para que constituyan su grupo de élite de combate y puedan enfrentarse a la amenaza que continúan representando los hombres de fuera de la ciudad para ellas.

¿Pero no es acaso Lady Eboshi la villana que le corta la cabeza al espíritu del bosque? ¿La que pacta con Jiko, esbirro de su enemigo el emperador de Japón, para exterminar a los dioses de la naturaleza y que así los recursos naturales que necesitan queden desprotegidos? ¿No es ella la que desea cortar la cabeza de Moro, el padre de Jiko, y la que desprecia a muerte a La Princesa Mononoke? También. Como he dicho reiteradamente, en esta película no hay buenos ni malos al uso. Lady Eboshi asesina a Shishigami para demostrar que el hombre no debe temer a las supersticiones, y que los dioses son igual de mortales que los seres humanos. Es artífice de la liberación moral, religiosa, política y económica de los (y especialmente las) habitantes de la Ciudad del Hierro; y simultáneamente, con su acto, vertebra la destrucción de su ciudad. Tendrá que ser la mano conciliadora de Ashitaka la que, tras aceptar su error, le ayude a reconstruir la Ciudad del Hierro tras la destrucción del bosque y la muerte de su legado milenario.

Con los dioses de la película tenemos una situación similar. Miyazaki expone la hipótesis de que los animales, antes de que el ser humano extendiese su influjo sobre sus ecosistemas, eran más grandes e inteligentes. Conforme las sociedades humanas fueron robándoles terreno, éstos fueron volviéndose más pequeños o embruteciendo sus mentes para poder sobrevivir (sólo hay que ver lo pequeños que son los hijos de Moro la reina de los lobos, en comparación con ella).

FUENTE: https://www.tomatazos.com/

Moro desprecia a los humanos, pero acepta a Mononoke como hija suya porque en ella sí existen la piedad y la mesura. Por el bien de su hija, y ante las buenas intenciones de Ashitaka, le protege frente a la furia de los jabalíes liderados por Okkoto. Sabe que los humanos son perniciosos para su supervivencia, pero trata de disuadr a Okkoto para actuar con inteligencia y no dejarse arrastrar por la cólera o el rencor. No vacila, sin embargo, en asaltar las caravanas humanas provenientes de la ciudad del hierro que merman sus recursos y destruyen su entorno. Representa una fuerza reactiva de la naturaleza, que tan sólo se enfrenta directamente a los humanos cuando se transgreden sus dominios o se ve directamente agredida. Su cabeza, cercenada finalmente por Lady Eboshi, sigue conservando su poder; y a consecuencia de ello le arranca el brazo a Lady Eboshi a modo de venganza satisfecha. La diosa loba invierte sus últimas fuerzas en intentar contener el odio de Okkoto, el anciano dios jabalí, y en salvar a su hija Mononoke; pero perece, al igual que el resto de dioses.

Okkoto es la naturaleza salvaje y agresiva. Cuando se presenta parece sabio y sensato como Moro, dentro de su rabia irrefrenable contra los humanos, pero tras la muerte de su mejor guerrero (el dios jabalí del principio) a manos humanas, decide que es el momento de vengarse de los humanos. Finalmente cae en la trampa tendida por la coalición Jiko-Eboshi, y por su impulsividad inconsciente arrastra a sus soldados jabalíes a la extinción. Su sentimiento de culpabilidad es el que le hace creer verlos todavía vivos, y es adicionalmente lo que permite que se le utilice como señuelo para invocar a Shishigami y que Lady Eboshi pueda matarlo.

¿Tenemos final feliz? La respuesta rápida sería que no. La larga, que a medias. Jiko fracasa y no logra salirse con la suya de enviarle la cabeza de Shishigami al emperador (evitando la subsiguiente destrucción de toda Japón, y quién sabe si del mundo entero), gracias a la intervención de Ashitaka y Mononoke. Hasta aquí todo bien.

Pese a lo anterior, son muchos los daños irreversibles que provocan los actos imprudentes de hombres y animales, cada uno con sus razones justificadas (aunque la cinta se posiciona más del lado de los animales, a modo de reivindicación ecologista para reivindicar la protección del medio ambiente y la preservación de las tradiciones ancestrales japonesas frente a destructora modernidad). El bosque rebrota, pero sus dioses han desaparecido para siempre. La Ciudad del Hierro resurgirá con ayuda de Ashitaka y los soldados del emperador han huido despavoridos, pero muchos de sus habitantes han fallecido y Lady Eboshi ha perdido un brazo. Ashitaka y Mononoke salen victoriosos, y el príncipe se ha librado de la maldición; pero Mononoke no puede perdonar a los humanos lo que les han hecho a su madre, a sus hermanos adoptivos, al espíritu del bosque y a su hogar. Ante la negativa de Ashitaka de acompañarla en su travesía para huir de los humanos, éste se posiciona en su bando contrario. Así que puede que se vean más, pero su amor es imposible. Sí que no tenemos ni beso ni nada parecido. Mononoke se guía más por su lealtad y sus convicciones, que por la impulsividad del amor que sin duda profesa a Ashitaka.

Así concluye esta preciosa fábula, que nos invita a reflexionar sobre la concienciación medioambiental y el daño que causamos a la naturaleza, la relevancia de las tradiciones culturales autóctonas frente al avance implacable del progreso, la futilidad y letalidad de la guerra, la relevancia del diálogo frente a la violencia, y que la maldición que asola a los dioses es la que en última instancia nos asola y nos consume a todos: el odio. Debemos cooperar y luchar contra este instinto, tal y como hace el príncipe, y tratar de empatizar con todos los que lo merezcan. Sólo la legítima defensa justifica nuestra reacción, pero antes debemos intentar persuadir con palabras y no con armas. Si no somos cuidadosos con nuestro mundo y los seres que lo habitan, tenemos en nuestro poder destruirlo. Y la esperanza de la juventud que aprende de nuestros errores es la única que puede controlar ese peligroso poder.

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