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The Devil All The Time (El diablo a todas horas) PARTE 2

Cuando el hombre se convierte en víctima de espejismos y profeta de violencia

Hola a todos una semana más, y bienvenidos a la sección de críticas de cine y rincón de «frikeo» preferido por todos los navegantes de Internet (🙈). Esta vez toca diseccionar en profundidad la trama y los elementos narrativos más relevantes del reciente estreno de Netflix The Devil All The Time. Sin más dilación, vamos a darle duro al análisis. Abrochaos los cinturones y preparaos para reflexionar a gusto.

Cuando sabes que se viene una chapa de las buenas.
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La fe también produce monstruos

Llevándole la contraria a Goya (que se refería a la razón), en The Devil All The Time es la creencia ciega en Dios el vehículo del que se sirven los personajes para perpetrar las atrocidades más moralmente reprobables. Willard (Bill Skarsgard), trans contemplar a ese soldado crucificado (de ahí la presencia permanente de la cruz a lo largo de su vida) y haber experimentado los horrores de la guerra, consagra su vida a interpretar todos los acontecimientos humanos como regalos o castigos divinos. Abre un espacio en su alma para que el fervor religioso se vaya consolidando en su mente, instándole a pensar que sólo por el hecho de rogárselo a Dios, su esposa podría recuperarse de un cáncer incurable. Por supuesto esto no ocurre, pero dado que la fe se ha hecho mucho más intensa que la racionalidad, ello no le impide sacrificar al mejor amigo de su hijo (su perro) a modo de ofrenda de sangre para demostrar a Dios su devoción absoluta. No en vano su primer contacto intenso con la espiritualidad tuvo lugar en aquel entorno sangriento, poblado por la desolación y la muerte, que es el campo de batalla. Los posibles buenos actos que su deidad pudiese llevar a cabo ya compensaban todas las abominaciones que Willard pudiese cometer en su nombre. Este es un tropo habitual en las películas que censuran el fundamentalismo religioso, y que se remonta a las primeras protestas contra las santas cruzadas o la yihad islámica.

En cuanto a su hijo, Alvin (Tom Holland), el hecho de ser testigo directo (y víctima de padre y mascota) de las devastadoras repercusiones de la irracionalidad de la fe llevada al extremo, le forja como un personaje descreído, escéptico y pragmático. Se le ve participar con reticencias en algunas ceremonias religiosas, forzado por el amor a su familia (creyentes fieles), la época y el entorno social en el que habita; pero ni las disfruta ni tan siquiera las considera deseables. A causa de su desapego hacia la doctrina cristiana Alvin es capaz de sobrellevar las terribles situaciones en las que se ve inmerso; pero ello no le impide acometer también varios comportamientos poco éticos, ni tampoco librar a los que le rodean del implacable yugo del fundamentalismo religioso. Su historia es de venganza; pero dado que no puede vengarse contra Dios, decide revolverse contra aquellos que dicen hablar en su nombre para obtener beneficios o justificar actos repugnantes. Uno de los más destacables y horribles representantes de esta ruin estrategia es el reverendo Preston Teagardin (Robert Pattinson); un lobo con piel de cordero, que acude al pueblo para reemplazar en sus labores ministeriales al reverendo afable y anciano de toda la vida y que termina aprovechándose de su cargo para abusar sexualmente de chicas jóvenes y desprenderse de ellas cuando empiezan a hacer muchas preguntas o se quedan embarazadas. Su personalidad carismática y su aparente sabiduría le garantizan la admiración y el cariño de estas chicas y de la comunidad religiosa, pero en el fondo no es más que un ser despreciable al que no le importa tampoco humillar a una anciana bienintencionada (la abuela de Alvin), mentir a las autoridades y al propio Alvin o resarcirse del miedo sufrido en su juventud por el acoso social. Acusa a los demás de estar cegados, de contemplar ilusiones que realmente no están ahí; cuando en realidad es él el que crea estas ficciones en el resto de personas para enmascarar sus perversiones. Y lo peor de todo es que tipo de escándalos eclesiásticos, pese a su apariencia estrambótica, no nos resultan desconocidos en absoluto.

En estas secuencias de Alvin rezando con su padre se refleja el drama de un creyente que es incapaz de aceptar que Dios no controla sus vidas; sino que son ellos los que deciden cómo quieren que sean.
FUENTE: https://www.al.com/

Preston es el más excéntrico y asqueroso símbolo de esta vertiente peligrosa de la fe utilizada como pretexto para satisfacer deseos impuros, pero no es el único. Roy (Harry Melling) es un predicador ceremonioso y teatral, que también utiliza su inherente talento atrayendo la atención de los creyentes para obtener fama y otros réditos; pero que finalmente resulta herido física y psicológicamente durante una de sus caricaturescas exhibiciones. Tras un período de duelo ante su incomprensión por el hecho de que Dios no le proteja frente a eventualidades tan banales como el veneno de unas arañas, su mente distorsionada por el fundamentalismo le induce a pensar (como previamente le sucediera a Willard) que el Todopoderoso estaba realmente poniendo a prueba su fe; y que solamente sacrificando lo que en teoría le es más querido (su mujer, a la que conoció en uno de sus sermones) y demostrando que nada está por encima de su veneración a Dios, podría adquirir dones divinos para resucitar a los muertos y llevar a cabo prodigios que le devolvieran al camino de los sermones catárticos. Obviamente su disparate (las ilusiones de las que habla Preston) termina en tragedia y en asesinato; tras abandonar a su mejor amigo termina muriendo de forma miserable en manos de otro creyente mentalmente enfermo. Carl (Jason Clark) se dedica a interceptar autoestopistas junto a su pareja Sandy (Riley Keough), a fotografiarlos manteniendo relaciones sexuales o en posturas eróticas con ella y a matarlos. Incapaz de valorar la vida por su visión desvirtuada en la fe, sólo en la muerte de otros a sus manos encuentra el desaprensivo Carl su propio éxtasis religioso. Al final también acaba cayendo en manos del ángel vengador Alvin, que queda de paso decir que se ventila a la mayoría de los pecadores de este film.

También el personaje de Lenora (Eliza Scanlen), pese a su perspectiva pura y honesta de la fe en Dios, termina padeciendo un destino funesto debido a que su ciega e incoherente creencia en la santidad y la erudición aparentadas por el reverendo Teagardin (un hombre del que Alvin, mucho menos ofuscado por sus convicciones religiosas, pronto recela) le impide observar sus egoístas y asquerosamente machistas pretensiones. Sí que admito que su castigo resulta excesivamente cruel o incluso cínicamente disparatado (por lo fortuito que es), ya que el guión parece tan obcecado en mostrarnos una historia dramática y oscura, que la práctica ausencia de momentos alegres, de cariño auténtico entre personajes o de experiencias sociales cotidianas y agradables, le hace perder todo el realismo que la trama pretende conseguir. Aún así creo que su desafortunado fallecimiento nos invita a reflexionar sobre si no estará el propio Dios detrás de esa casualidad tan terrible, como una especie de última burla cruel a una de sus creyentes más fieles. Y adicionalmente, también parece querer urgirnos a reflexionar sobre el destacado papel que juegan el azar y la conveniencia en el cruce de historias y en las vidas de los personajes; un azar que muchos podrían atribuir al destino, otros más racionales a la aleatoriedad, y los religiosos más convencidos a la intervención divina.

Sólo por el triste disgusto que se lleva esta pobre mujer, delante del resto de parroquianos, ya deberíamos odiar al personaje del reverendo Preston Teagardin por los siglos de los siglos. Menudo «desgraciao»
FUENTE: https://cine3.com/

¿Y qué pasa con el diablo? Además de venir mencionado expresamente en el título, revela una de las premisas esenciales del relato: el demonio, al igual que Dios, están dentro de nosotros. Dependiendo del punto de vista, de las circunstancias o de nuestra voluntad consciente o inconsciente, podemos transformarnos en el más vil de los villanos o en el más glorioso de los justicieros. Hay demonios que dicen hablar por boca de Dios, como el reverendo Preston; hay diablos que dicen proteger a la gente de ellos mismos, como Lee Bodecker; hay seres diabólicos que dicen ser amantes del arte o piadosos de Dios cuando en realidad son asesinos despiadados; todos ellos tienen en común que sólo se están sirviendo a sí mismos y sus propios intereses y anhelos. Como ejemplo claro, cuando el infame reverendo decide que el plato de la abuela de Alvin es tan delicioso que debe quedárselo para sí mismo, decide utilizar sus dotes dialécticas para fingir ser un hombre bondadoso y comprometido con las personas de pocos recursos. Personas cínicas que proclaman ser humildes y servir a los necesitados, cuando lo único que buscan es su realización personal a costa del engaño y la tergiversación. Estos mentirosos, los que son capaces de cualquier cosa por alcanzar sus deseos y que persuaden con palabras bonitas y elegante oratoria; estos individuos ruines, que disfrazan placeres oscuros o simplemente conductas que dicen censurar en los demás y contra las que se alzan activamente; a estos sinvergüenzas, los tenemos que sufrir la mayoría de nosotros en abundantes momentos de nuestras vidas. ¿Ellos son el diablo? Si no lo son, desde luego que se quedan muy cerca.

Dios es, en realidad, un arma de doble filo. En situaciones propicias, en presencia de milagros o portentos inesperados, puede estimular al creyente a reforzar sus creencias y a superar desafíos personales. Su fe permitió a Roy superar el pavor irracional a las arañas; Willard logró dejar de temer y detestar las cruces (tras su traumática experiencia militar) para pasar a venerarlas cuando su regreso a casa despertó en él de nuevo sus inquietudes espirituales. Pero, dicho ésto, y aparte de todas las crueldades enumeradas previamente, a Dios también se le pueden imputar las desgracias que, siendo justos, tampoco parecen ser responsabilidad suya. Emma (Kristin Griffith) teme expresamente que Dios le castigue por no haber cumplido su juramento de casar a Willard y a Charlotte (probablemente todas las desgracias ulteriores las atribuyese a este fenómeno); Willard recurre desesperadamente a Dios cuando la violencia no le sirve para resolver sus problemas, y finalmente se suicida culpando a Dios por el desprecio de su hijo y la ausencia de su esposa. Las creencias religiosas, en general, no surgen tan sólo de una necesidad atávica de confiar en la existencia de un ser superior que crease el mundo en el que vivimos; nuestras experiencias personales, además de forjar nuestro carácter, también pueden determinar nuestra disposición a depositar (o no) nuestra confianza en nuestras propias capacidades, o en un ser superior. Con cada pequeña historia decantaremos un poco la balanza hacia una u otra esquina; con cada acontecimiento impactante, podremos incluso voltearlo todo al escepticismo o hacia la confianza ciega y letal en Dios.

FUENTE: https://www.nytimes.com/

La violencia como forma de vida

Si la fe ciega en Dios es una de las fuerzas motoras que sustentan el discurrir de todo este mosaico de historias intercaladas, no es menos fundamental la omnipresencia de uno de los instintos más salvajes y poderosos del ser humano: la violencia. Prácticamente todos los personajes de la cinta (excepto los que son de personalidad más afable y pacífica, como Lenora Charlotte o Emma, que tampoco salen precisamente bien paradas de ello) recurren a ella siempre que necesitan salir de una situación delicada, resolver un conflicto difícil o lograr anhelos personales. Ni siquiera el prototipo de antihéroe del film, Alvin, se escapa de esgrimir la violencia (a puñetazos, a tiros o como haga falta ) como arma para defenderse de las injusticias cometidas por otros individuos o para proteger a los que ama. La agresión física y la extorsión psicológica por medio de la manipulación vehiculizan la mayor parte de las acciones que efectúan la mayoría de los personajes relevantes del film. Los ejemplos más claros, además de Alvin y el reverendo Preston, son Carl y Roy; pero no sólo ellos.

El agente de la ley y diputado Lee Bodecker es un sujeto sometido a los designios maliciosos de los principales profesionales de la violencia cuasi institucionalizada (las mafias criminales), hasta el punto de doblegarse a sus actos crueles y a hacer la vista gorda a estos delitos o a otros perpetrados por su hermana. Ni tan siquiera cuando, harto de soportar el escarnio de los violentos poderosos e influyentes, decide rebelarse sirviéndose de esta misma violencia, Bodecker se redime como un hombre justo. Viendo peligrar sus privilegios políticos y su prestigio profesional, más que preocupado por la justicia hacia un pueblo que ha perdonado a Alvin por su venganza, decide iniciar un último acto de agresión desenfrenada contra Alvin. El hecho de que silenciar al chico para tapar los trapos sucios de los trapicheos de su hermana, de cuyo conocimiento Alvin podría haber hecho uso para atacarle (curioso que en su malsana mente todo el mundo suponga un potencial enemigo sólo por tener conocimiento, mientras que los menos malpensados simplemente actúan para defenderse), establece una curiosa paradoja; el hombre que usa preventivamente la violencia para impedir que otros que potencialmente puedan truncar su vida lo hagan, precisamente termina detonando la cadena de acontecimientos que lleva a que esta situación temida llegue a materializarse.

La extraña pareja. Su relación es enfermiza y extraña, y supone uno de los puntos débiles a nivel de guión del film. Aun así, tiene puntos interesantes a analizar.
FUENTE: https://www.al.com/

Todos los personajes de la película, de una manera u otra, ocupan la posición de víctimas o de verdugos frente a la violencia: muchos, como Alvin, Roy y Willard, terminan experimentando ambas. Otros, como la mayoría de las mujeres del relato, no son más que cómplices o simples receptoras de golpes y de las implicaciones (generalmente nefastas) de las consecuencias de los actos que cometen los representantes masculinos de una sociedad todavía patriarcal y misógina, donde la mujer todavía está intentando abrirse camino pero sigue siendo un instrumento sexual o una ama de casa servil para ellos. Este mensaje está más subyacente dentro de la historia, pero no cabe duda de que prácticamente no hay ningún personaje femenino en el relato que sea capaz de sobreponerse a estos instintos feroces e incontrolables de violencia que padecen los hombres protagonistas; pero tampoco son capaces de dejarse llevar tan ciegamente por estos impulsos, ¿Es la violencia cuestión de testosterona? Puede que sea la tesis que reivindica la película, o tal vez no (de serlo me parecería una sobresimplificación demasiado burda); pero el hecho de que no existan caracteres femeninos eminentemente violentos, consagrados a la locura religiosa o poseídos por sus instintos más primarios (en todo caso sufren por su excesiva ingenuidad o buena voluntad), resulta sin duda llamativo.

Lazos familiares que marcan el destino de padres, hermanas e hijos

The Devil All The Time es, mayoritariamente, un relato de personajes unidos por vínculos de sangre. Alvin se convierte en un chico reservado, escéptico, solitario y que ha aprendido a vengarse de los que amenazan o agreden a su familia por enseñanza de su padre; un padre al que culpa de su trágico pasado juntos. Alvin lo considera responsable de haber matado sin compasión a su perro para llevar a cabo sus disparatados rituales, de haberle abandonado con su suicidio e, incluso, del fallecimiento de su adorada madre. Aunque se resiste a hacerlo pese a la insistencia de Lenora, finalmente Alvin termina regresando a su antiguo santuario paterno para perdonar a su desafortunado progenitor. Comprende que la fe, si no se pasa adecuadamente por el filtro de la sensatez, puede volver loco al más cuerdo de los hombres. Tal es la analogía de la vida de padre e hijo, que al final de la narración bien podría parecer que Alvin seguirá en el futuro los pasos de su padre: la guerra, el regreso a casa, una vida familiar apacible…pero en este caso, Alvin ha aprendido del ejemplo de su padre y parecer haberse inmunizado contra el fundamentalismo religioso más dogmático y peligroso.

La conexión familiar entre Lenora y Alvin es fortuita, y originada por una sutil casualidad. Cuando Willard regresa de la guerra del Pacífico, un cortés gesto del por entonces menos enfermizo Carl (le cede el asiento en el bar), permite al padre de Alvin conocer a Charlotte y enamorarse de ella a primera vista. De no haber sido así, puede que Carl no hubiese embaucado a Sandy sino a Charlotte; o que Willard hubiese manifestado más interés por Helen, o incluso que Sandy hubiese captado su atención. El crucial poder de las decisiones es el que condiciona la evolución del relato, puesto que encontramos estas variantes tan evidentes por todas partes (por ejemplo, si Lenora hubiese decidido no suicidarse). La película no se posiciona en el determinismo puro, sino que más bien parece asumir que aunque somos el fruto de nuestro entorno familiar y social, está en nuestra mano revertir nuestras situaciones complicadas, corregir actitudes negativas o simplemente entregarnos en manos de la voluntad divina y dejar que el azar decida por nosotros (pese a que, realmente, sean nuestros instintos primarios los que terminen trazando nuestro camino). A pesar de que existen recurrencias (como la de Alvin y su padre), éstas no se replican exactamente igual. Nuestro ambiente nos condiciona, sí, pero nuestra voluntad es capaz de facilitar que recorramos nuestra propia senda.

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La única relación de hermanos de sangre (Lee Bodecker y Sandy), está marcada por el orgullo y el paternalismo del primero; así como por el amor enfermizo y la decadente vida de la segunda. El agente de la ley es consciente de que su hermana está inmersa en una relación tóxica con su esposo Carl, donde la prostitución y delitos turbios emergen sistemáticamente; pero siempre y cuando no interfiera con sus ambiciones políticas, Bodecker tampoco se ha preocupado en exceso por el bienestar de su hermana. De hecho resulta palpable que la tensión entre ambos muy probablemente se deba a que la actitud sobreprotectora de Bodecker hacia su hermana (él mismo le consiguió el trabajo de camarera que permitió que Sandy conociese a Carl) se viese truncada por la tormentosa relación con el perturbado fotógrafo.

Y de relaciones tóxicas está repleta está historia, indudablemente. Sandy intenta abandonar a Carl o quebrantar su macabro acuerdo en varias ocasiones; pero como el resto de personajes del relato implicados en este tipo de relaciones sentimentales perjudiciales para ambas partes, ese amor (convertido en dependencia emocional) tan pervertido por actos grotescos termina venciendo a la conciencia de los personajes que habitan en estas espirales autodestructivas. Al final, ningún personaje logra despojarse con éxito del yugo de este tipo de emparejamientos trágicos. Aunque no se trata exclusivamente de relaciones amorosas; la adicción a la bebida hizo que el amigo de Roy Laferty terminase postrado en una silla y abandonado en su coche, o que el tío de Alvin viva en soledad cuidando de Emma a duras penas (pese a ser la única figura paterna sana de Alvin). Esta historia va de personas conectadas por la tragedia, los nexos de sangre o imprevisibles coincidencias; y cómo las decisiones, actos, casualidades y creencias de cada uno les llevan por derroteros muy diferentes aunque todos (salvo en el caso de Alvin, de Emma y de los escasos personajes relativamente justos y honestos del film) terminan padeciendo un destino fatal. El diablo está en todas partes, a todas horas, residiendo en el interior de todos nosotros; y es nuestra buena voluntad y nuestro sentido de la justicia, estén fundamentados por motivaciones religiosas, morales o materiales, los que favorecen o impiden que su diabólica influencia (que no es más que la expresión de nuestros instintos más impulsivos) se apodere de nosotros. En nuestra mano queda decidir cuándo, como y en qué medida deseamos que salga.

Un abrazo a todos y nos vemos la semana que viene. Salud y mucho cine. Cuidaros mucho.

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