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El juicio de los 7 de Chicago

Un juicio que define a un país

Bienvenidos todos y todas una semana más a la chapa semanal de vuestro amigo y vecino cinéfilo favorito (no hace falta que lo digáis, sé que lo soy 😋). Una vez más tenemos un estreno previamente concebido para mostrarse en pantalla grande, pero que la plataforma de streaming Netflix ha decidido adquirir para que al menos podamos disfrutar de él en la comodidad de nuestros hogares. Valoraciones nostálgicas o técnicas aparte, no debemos menospreciar el notable servicio que Netflix está prestando a muchos ansiosos de películas nuevas que este año nos hemos topado con infinidad de cancelaciones, retrasos y fiascos comerciales.

En este caso Netflix nos trae el nuevo proyecto cinematográfico de Aaron Sorkin: uno de los mejores guionistas de su generación. En su haber están obras maestras como el libreto de La Red Social, El Ala Oeste de la Casa Blanca y The News Room; así como obras estimables del calibre de Molly’s Game (su primera película como director), Algunos hombres buenos y Moneyball. ¿Estará su segunda película a la altura de su exitoso currículum? Vamos al turrón.

A ver, chicos. Os voy a soltar un sermón acerca de por qué la política funciona tan mal.
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Una declaración política en toda regla

Aaron Sorkin es un cineasta explícitamente comprometido desde un punto de vista ideológico. No sólo porque la mayor parte de su producción pivote en torno la política estadounidense, el poder judicial y la influencia que ejercen sobre ella las redes sociales y los medios de comunicación; sino a causa de que él mismo ha dejado claro en sus guiones y en declaraciones públicas su posicionamiento político. Sin entrar a valorar mi acuerdo o desacuerdo con ellas (que no aporta nada a esta crítica puramente cinematográfica), sí que cabe resaltar que Aaron Sorkin ha logrado forjarse una identidad propia que logra que su mensaje político cale y se transmita con claridad. Sirviéndose de unos diálogos habitualmente directos y agudos, duelos verbales implacables, réplicas ingeniosas y algunos discursos memorables (así como un sentido del humor ácido y sarcástico), en cada una de sus participaciones como guionista ha conseguido erigirse como un autor fácilmente reconocible.

En sus labores directivas, no obstante, Sorkin es prácticamente un recién llegado. Pese a que su control sobre El Ala Oeste de la Casa Blanca era férreo, nunca se habría atrevido a dirigir él mismo un largometraje hasta el año 2017 (Molly’s Game). Pese a crear un buen producto, donde tanto el guión como su excelente reparto brillaban notoriamente, no fue tan bien recibido su desempeño tras las cámaras. Algunos le acusaron de impersonal, otros de imitar a David Fincher (con el cual compartió proyecto en La Red Social poco tiempo antes), y tan sólo algunos pudieron apreciar un aroma de sobrio clasicismo con ciertos toques de personalidad. Si alguna sorpresa cabe destacar en este aspecto en El juicio de los 7 de Chicago es que Aaron Sorkin progresa adecuadamente en este sentido, aunque todavía le quedan flecos por corregir.

Los momentos de tensión implícita entre personajes antagónicos o incluso entre amigos está muy bien conseguida en muchas secuencias.
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En resumidas cuentas, Sorkin ha incorporado algunas ideas propias a su lenguaje cinematográfico tal vez excesivamente anclado en el clasicismo y la narración verbal. El comienzo del film incorpora un juego con el montaje muy interesante para presentar el conflicto y a los personajes que recuerda ligeramente a directores como Danny Boyle (con el que también trabajó en Steve Jobs); así como algunos planos secuencia o planos largos (en concreto el primero del juicio me pareció sublime). Su presencia se va diluyendo a lo largo del film, pero recursos como el hecho de plantear la columna vertebral del relato como parte de un monólogo del personaje interpretado por Sacha Baron Cohen resultan agradables y atractivas para el espectador; contribuyendo a que la película no se perciba como un simple documental que refleja los hechos acontecidos en ese año fatídico.

En la parte negativa, sin embargo, encuentro tres problemas nada desdeñables a la narración. El primero de ellos es que todavía perduran muchos momentos impersonales, donde el director parece querer ceder todo el protagonismo al relato y a los actores sin aportar ninguna información que enriquezca su contenido (faltan más momentos de construcción del suspense, como la extraordinaria secuencia en el despacho del personaje de Michael Keaton); en segundo lugar, algunos intentos de Sorkin por narrar visualmente resultan innecesarios o excesivamente tímidos (por ejemplo, algunos planos detalle), y cuando le funciona termina frustrándolos por una sobreexplicación dialogada; y por último, Sorkin comete un abuso de planos medios y americanos, así como de cuantiosos primeros planos y dinámicas plano/contraplano que deben sostener siempre los actores con su talento ante la falta de originalidad en la dirección. El balance general de Aaron Sorkin como director en esta película es bastante positivo, pero no está exento de deficiencias y aún posee un considerable margen de mejora en este aspecto.

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La banda sonora compuesta por Daniel Pemberton tiene algunos temas destacables, pero en general se limita a acompañar a la acción en cada instante según sus necesidades (más discreta en escenas de conflicto o intimistas, más épica o atronadora cuando la historia así lo precisa). Un fenómeno similar le sucede a la fotografía de Phedon Papamichael, que se ve beneficiada por los siempre correctos encuadres de Sorkin pero que oscila permanentemente entre el bien y el notable; sin que en ningún momento sobresalga ni decepcione.

El ritmo de la narración de Los 7 de Chicago es excelente, y constituye una de las principales fortalezas de esta película. A pesar de que estamos hablando de un film que se encuadra dentro del drama judicial y el thriller político con toques de comedia, el film entretiene durante todo su relativamente extenso metraje (129 minutos que a mí incluso se me han antojado demasiado ajustados). Sorkin sabe equilibrar eficazmente la comedia, el drama, la tensión y sobre todo articular los abundantes diálogos para que no resulten nunca densos ni poco ágiles. Si no fuera porque en su tramo final las elipsis y los flashbacks narrativos resultan demasiado frecuentes y pueden llegar a abrumar al espectador, la película se pasaría en un suspiro por la fluidez y naturalidad de sus situaciones y conversaciones.

Un reparto de lujo respaldado por un guión de calidad

Pocas veces veremos tanto talento y tan variado en un mismo film.
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No es ni tan siquiera necesario calificar el reparto de esta película. Habla por sí solo. Prácticamente todos son estrellas sensacionales, bien de la pantalla grande o pequeña, y exhiben en esta película un nivel interpretativo y de compromiso a la altura de ese prestigio. Pese a que la propia estructura de guion promueve que el reparto sea coral y no haya ningún protagonista demasiado destacado, si hay algunos actores que sobresalen respecto de los demás. Estoy pensando en dos monstruos de la interpretación y en una sorpresa: Mark Rylance (ganador de un Oscar por su sublime trabajo en la excelente El Puente de Los Espías), Frank Langella y Sacha Baron Cohen, respectivamente.

El primero de ellos interpreta al abogado defensor William Kunstler, que despliega todo su arsenal de recursos y habilidades para desenmascarar a sus adversarios corruptos del gobierno de los EEUU. Sus intervenciones son en todo momento carismáticas y destacables, hasta el punto de que sus duelos verbales con Frank Langella son realmente de lo mejor del film. Su personaje es interesante, y aunque en un principio pueda parecer excéntrico termina convirtiéndose en el principal baluarte de salvación para los 7 (en realidad 8, como descubriremos durante los primeros minutos de la película). Su nivel de implicación emocional en los acontecimientos es soberbio, y logra transmitir esa entrega desbordante pese a que no todos sus clientes le despierten la misma simpatía. Resulta curioso que Rylance, con una extensa carrera teatral, fuese descubierto (por Spielberg nada menos) tan tarde. Es uno de los mejores actores del mundo, y aquí lo demuestra de nuevo.

El trabajo de Yahya Abdul-Mateen II es muy bueno, y demuestra que lo de Watchmen no fue sólo un caso aislado. Tiene mucho futuro por delante en Hollywood si continúa a este nivel.
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Y volviendo a Frank Langella, éste se erige como el villano más relevante e implacable del film. Interpreta a un juez Julius Hoffman enormemente corrupto, racista, malicioso, manipulador y con una estabilidad mental precaria. No duda en enzarzarse en áridas discusiones con los acusados, denegarles derechos fundamentales o de prescindir de un mínimo de decoro hacia la imparcialidad respecto de ambas partes. Cada vez que interpela a Kunstler y éstos cruzan sus miradas o sus afiladas respuestas es un auténtico placer, y pese a que su personaje es prácticamente plano (no tiene demasiados matices, se queda en malo maloso porque sí) Langella lo defiende con una brillantez envidiable.

No puede decirse lo mismo del personaje interpretado por un espléndido Sacha Baron Cohen, el líder del Partido Nacional de la Juventud (hippies urbanos o «yippies»). Su escritura por parte de Sorkin es magnífica, y el actor británico no duda en aprovecharlo para ofrecernos su primera interpretación dramática completa y convincente (también, todo sea dicho, con buenos momentos de comedia). Es a partir de la mitad de la película cuando su personaje comienza a adquirir más relevancia, y al final del film engulle prácticamente con patatas al resto de sus compañeros acusados. También rinden a un buen nivel Alex Sharp (Rennie Davis), Jeremy Strong (Jerry Rubin), John Carroll Lynch (dando vida a David Dellinger, uno de los personajes que más evoluciona), un sólido y convincente Yahya Abdul-Mateen II (como Bobby Seale, el líder de los Panteras Negras ) y un Michael Keaton maravilloso que brilla con luz propia y cuya aparición resulta dolorosamente breve (otro de los grandes actores del momento, el cual sólo necesita unos segundos en pantalla para devorar a quien se le ponga por delante).

Jeremy Strong es un gran actor, y forma una dupla destacable y divertida con Sacha Baron Cohen. Pese a que su personaje no esté tan trabajado, logra suplir estas carencias con su talento para no palidecer en ningún instante frente a su colega de ficción.
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No puede decirse lo mismo, no obstante, de algunos de los rostros más conocidos del plantel. Joseph Gordon-Levitt, pese a estar más que correcto en su recreación del atribulado fiscal Richard Schultz, no termina de colmar las expectativas depositadas en él. Siendo un actor afamado, con personalidad y encanto, siempre defiende sus papeles muy competentemente; pero aquí, aunque alguno de sus gestos o expresiones son destacables, no logra sobresalir de ese papel de villano con matices y complejo que le otorga el guión. Aun así, sigue estando un peldaño por encima del que para mí es la decepción de esta película: Eddie Redmayne (Tom Hayden). Esto no quiere decir que haga una mala interpretación (tiene momentos brillantes, y sabe modular la personalidad de Hayden para que su comportamiento resulte creíble), pero el nivel medio de todos los actores es muy elevado y Redmayne parece estar trabajando con el piloto automático puesto. Muchos de sus dejes y gestos me recuerdan a su Newt Scamander de Animales Fantásticos: pero mientras que en la saga de fantasía su actitud resulta plenamente coherente con lo que exige su personaje, en este caso su alter ego cinematográfico debería tener algo más de fuerza de la que termina exhibiendo. Aún así su actuación es ambivalente, y sabe exponer bien los claroscuros de Tom Hayden.

El guion de Aaron Sorkin es, una vez más, impactante y robusto. Pese a presentar alguna fisura más de las que nos tiene acostumbrados el genio neoyorkino (más en la forma de narrar que en la historia misma), todas sus virtudes siguen estando ahí: buen desarrollo de personajes, diálogos certeros e inteligentes, giros de guión, construcción dramática gradual y consistente, alivios cómicos adecuadamente introducidos…Hay poco que reprocharle en este apartado, donde ya lleva muchos años siendo un valor seguro. Tal vez en esta ocasión su relato sea demasiado panfletario, con menos matices y ambigüedades morales de las que habitualmente muestra Sorkin (siendo estos momentos de los más jugosos argumentalmente de toda la película); pero su soberbio ritmo, las portentosas interpretaciones y sus habilidades como narrador de historias consiguen sobreponerse a sus escasos defectos para deleitarnos con una historia que, pese a su trasfondo político e histórico complejo, logra hacerse perfectamente digerible y disfrutable.

La premisa de El juicio de los 7 de Chicago se inspira en hechos históricos, y funciona como una analogía sutil de las actuales movilizaciones políticas en EEUU (huelgas de guionistas y actores, protestas colectivas en defensa de los derechos civiles de la población afroamericana…). En el año 1969, con el telón de fondo de la guerra de Vietnam, se celebró un juicio en el que 7 individuos asociados a colectivos antibelicistas fueron acusados de delitos de conspiración contra la seguridad nacional de EEUU. Este suceso tuvo lugar tras diversas movilizaciones y revueltas populares contra la gestión del gobierno norteamericano y especialmente contra la prolongación agónica de una guerra que ocasionó el fallecimiento de miles de ciudadanos reclutados con destino al país asiático. A partir de aquí se desarrolla un proceso judicial en el cual se intercalan episodios concretos de un acontecimiento crucial: la celebración del Congreso Nacional del Partido Demócrata. En este contexto tuvieron lugar enfrentamientos violentos entre los manifestantes y las fuerzas del orden, tras los cuales las autoridades políticas imputaron a los principales dirigentes de estos grupos activistas la responsabilidad de los hechos.

Lo primero que llama la atención de esta película es que los hechos trascendentales en los que se centra (la convención demócrata en Chicago) no se desarrollan linealmente, sino que se van conociendo paulatinamente conforme progresa el juicio. Esta decisión de guión insta al espectador a permanecer atento para desentrañar lo ocurrido y no saber quién tiene o no tiene razón (lo cual resulta fallido por lo decepcionantemente nítida que está la línea entre «buenos» y «malos» con meritorias excepciones), pero le resta impacto emocional hasta casi llegar a su desenlace. No resulta fácil empatizar con varios personajes, y si ello ocurre se debe más a su personalidad desbordante o a lo bien interpretados que están, más que a un trasfondo realmente trabajado o a un seguimiento paulatino de sus acciones y emociones desde el comienzo hasta el final de los hechos descritos. Es cierto que esta estrategia contribuye a mantener el misterio sobre los sucesos acontecidos, pero no deja de resultar paradójico y confuso para el espectador (reconozco que a mí me sacó de la película durante algunos minutos) que absolutamente todos los personajes de la película parezcan saber más que el espectador. Abrumar con tantos nombres, dirigentes políticos y fechas desde un comienzo puede terminar en fracaso, pero Aaron Sorkin es un genio y sabe reconducir la situación hasta llegar a un clímax final satisfactorio y lleno de épica. Puede que sea previsible o excesivamente dramatizado, pero es que efectivamente aquel juicio fue bastante pintoresco y caló hondo en la sociedad estadounidense durante años. Comprendo las críticas que se hacen a lo apresurado de su final, y considero que si el guion hubiese hecho más hincapié en trabajar el contexto personal y sentimental de los personajes más allá de algunos detalles (como la familia de David Dellinger) la conclusión final hubiese sido todavía más redonda si cabe.

Las discusiones entre los miembros de este selecto club de «conspiradores» propician una mayor comprensión de sus motivaciones e identidades. Lástima que éstas no sean más abundantes, ya que la mayoría de personajes daban para mucho más.
FUENTE: https://collider.com/

En conclusión, El Juicio De Los 7 de Chicago se erige como un notable drama judicial con toques de thriller político que esboza un sesgadamente ingenioso e irónico retrato de la sociedad americana de los años 60 y 70. Con unas excelentes interpretaciones, un guion destacable y una irregular pero elegante puesta en escena, Netflix hace una clara apuesta hacia los Óscar con un producto que si peca de algo es precisamente de eso; se percibe cierta contención, en sus críticas, en su mensaje y en el tratamiento de sus personajes, para trasladar una idea clara y políticamente correcta que prioriza la complicidad política y moral del espectador por encima de su reflexión o su implicación emocional. ¿Es buena? Indudablemente. ¿Es necesaria? Por supuesto, ya que la historia tiene la mala costumbre de repetirse y esta película nos recuerda que muchos de los estigmas sociales que asediaban a la sociedad norteamericana de aquellos años perduran hoy en día y siguen azotándonos con monstruos como el racismo, la obediencia ciega a la autoridad, la corrupción institucional, las manipulaciones políticas y las devastadoras consecuencias de las guerras en una sociedad fragmentada políticamente. ¿Pudo haber sido mejor? Desde luego. Ingredientes tenía de sobra para convertirse en uno de los mejores dramas judiciales de esta década, y le ha faltado un poco más de inspiración y de cuidado de algunos elementos importantes como la dirección, el desarrollo de personajes o la banda sonora. Si algo nos recuerda este film es que no debemos permanecer indiferentes ante las injusticias, y que las vidas y la libertad de las personas están por encima de cualquier interés electoral, político o económico. Feliz semana a todos vosotros, y que tengáis mucha salud y mucho cine a vuestro lado.

VALORACIÓN: 8

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