La bruja

Terror que se cuece al fuego lento del caldero

El terror es uno de los temas más antiguos y explotados de la historia del cine. Resulta complicado encontrar una película perteneciente a este género que no presente elementos recurrentes y de sobra conocidos, donde predominen los sustos y los villanos atemorizantes (sobrenaturales o humanos). Grandes obras maestras de todas las épocas (Nosferatu, El Resplandor, El Exorcista, Halloween, La Semilla del Diablo…) han contribuido a asentar códigos estéticos y recursos narrativos que, pese a resultar sustancialmente innovadores en su momento, han sido replicados hasta la saciedad pero sin la destreza y el ingenio que sí supieron aportar los artífices de aquellas pioneras. La consecuencia inmediata de este declive es evidente: una progresiva devaluación del género, que pese a poder presumir de algunas obras recientes que lo han revitalizado y que le han otorgado parte del prestigio perdido (tenemos como ejemplo Hereditary y Midsommar de Ari Aster, No Respires, Déjame Salir y Us de Jordan Peele, It de Andy Muschietti, El Hombre Invisible, Mother, Múltiple…), sigue padeciendo una alarmante mediocridad y falta de ideas. En medio de este panorama, los directores de los productos que he enumerado previamente han intentado con notable éxito salirse de la norma. Y aquí es donde entra en escena otro talento emergente indiscutible como es el estadounidense Robert Eggers. Bienvenidos una semana más al Rincón de Ricardo (alias El Turras).

Padre Nuestro, si ayudas a tu humilde siervo Ricardo a no enrollarse con esta crítica te prometo ser buena y no volver a sacrificar cabras nunca más.
FUENTE: https://www.vulture.com/

Un sorprendente e inquietante debut

Para ilustrar con mayor precisión la grata sorpresa que supone toparse de repente con creadores tan particulares como este Robert Eggers, voy a aportar un ejemplo personal. Cuando se estrenó esta The Witch (allá por 2015) escuché hablar de ella de manera ambivalente. Por un lado la crítica la aclamó mayoritariamente, erigiéndola como uno de los mejores y más brillantes exponentes del llamado «nuevo terror» o Terror Moderno; por otro lado, gran parte del público la calificaba de tediosa, lenta, absurda o insulsa. Por esta y otras varias razones no acudí a verla en cines, y preferí escoger otros productos de calidad que se estaban estrenando simultáneamente en aquel momento.

Pasados unos añitos, oí de la existencia de un nuevo proyecto de terror comandado por el mismo Eggers, y protagonizado por dos de los mejores actores de la escena actual (Willem Dafoe y Robert Pattinson). Ante las más unánimes críticas positivas decidí darle por fin una oportunidad a este amable señor de New Hampshire, y a día de hoy sigo agradeciendo haberlo hecho. El Faro fue una de las mejores y más originales películas del pasado año (ya de por sí sensacional y repleto de peliculones). Excelentemente interpretada, soberbiamente dirigida y con un estilo meticulosamente siniestro que se alejaba de muchos de los tópicos del género de terror para ser «algo más». Qué es ese algo, no sabría decirlo (la película es raruna con avaricia); pero como construcción metafórica de suspense y terror psicológico logró cautivarme. Ante este contexto, y dados los favorables precedentes, he decidido lanzarme a ver su controvertida ópera prima. Y es tan extraña, retorcida y alegórica que no me ha decepcionado.

Hazme una foto así posando como si fuera uno de los directores más prometedores del terror psicológico de los últimos años.
FUENTE: https://www.imdb.com/

La Bruja es una película que define a la perfección las inquietudes visuales y argumentales que ha venido mostrando su director hasta el momento. Con una fotografía grisácea y oscura, planos inteligentes que prefieren perturbar al espectador y ensalzar el trabajo de sus actores antes que recrearse en ningún virtuosismo pretencioso, unos magníficos encuadres que contribuyen a la inmersión en sus maravillosas ambientaciones históricas… Su sello de identidad como autor completo (guioniza y dirige sus películas) ya era manifiesto en su primera obra, y terminó de consagrarse en la segunda. El estilo de Eggers parece clásico en las formas, cuando en realidad lo que pretende es indagar en la profundidad más insondable de los miedos del espectador. No busca el susto fácil (gracias Eggers por no tirar de los malditos jump scares) ni exponer a seres grotescos; sino explorar dentro de la conciencia humana para encontrar los monstruos que habitan en ella y sacarlos a la luz. La cámara deambula y observa a los personajes, casi como si la estuviese manejando alguna de las esquivas e inquietantes criaturas de pesadilla que habitan en sus películas. Pero, como muchos aficionados al terror psicológico dirían, lo más terrorífico no es lo que el director muestra sino lo que la mente del espectador intuye y la cámara sólo sugiere.

El estilo de terror que practica Eggers es peculiar, y por ello me resulta plenamente comprensible que mucha gente lo deteste. Estamos tan habituados (malacostumbrados por Hollywood) al esquema clásico de películas de terror con asesinos en serie sanguinarios o fantasmas abominables que persiguen a niños norteamericanos en tiempos contemporáneos, que encontrarnos con historias de miedo situadas en otros períodos históricos y con un fuerte componente metafórico y dramático puede hacernos retroceder como si hubiésemos visto un fantasma (😁). Dejando a un lado lo enigmático de las historias que cuenta, tampoco se hace demasiado digerible el ritmo pausado y angustioso de sus narraciones. El director de La Bruja sabe sostener el pulso para que el guion se desarrolle progresivamente, preservando el misterio del origen de los sucesos extraños que asaltan a los personajes hasta que se producen impactantes revelaciones finales en el último tramo del film que, como parece que va a ser la tónica habitual de director, tampoco cierran todas las aparentes tramas y dejan muchos elementos a libre interpretación del espectador. Los planos y contraplanos en los diálogos fluyen con naturalidad, porque la relevancia de sus historias reside en los personajes; en sus traumas, sus preocupaciones y sus sentimientos. Y la contrapartida de esto es que el trabajo de Robert Eggers como director de actores es abrumadoramente eficaz.

La Bruja deja algunas postales terroríficamente desconcertantes. Pocos directores saben transmitir esa sensación de :» no sé qué estará ocurriendo aquí o si se lo están imaginando los personajes, pero qué mal rollo me están dando» como Robert Eggers. Al más puro estilo de Polanski o Kubrick, los trastornos psicológicos y los sucesos paranormales se superponen, confiriendo a los acontecimientos un toque de realismo que genera auténtico miedo.
FUENTE: https://www.latribuna.cl/

Cabe destacar algunos recursos muy creativos y bien implementados, como el uso de planos centrados en los protagonistas mientras otros personajes conversan con ellos o éstos perciben ruidos del exterior; la cámara subjetiva para adoptar el punto de vista de algunos de ellos; o los movimientos a cámara lenta, implantados con el objetivo de proporcionar una sensación onírica y hechizante en el público.

En consonancia con lo que se está desarrollando en pantalla, la fotografía de La Bruja es áspera, apagada y tan grisácea como el encapotado cielo de Nueva Inglaterra. Y como contrapartida a esta tonalidad cenicienta, la imagen se vuelve cálida cuando emerge el fuego purificador. Sólo ahí, en presencia de las demoníacas llamas, se aprecia paradójicamente cómo la imagen se vuelve viva y desaparecen el gris diurno y la impenetrable oscuridad nocturna. La imagen que nos ofrece Jarin Blaschke es en todo caso nítida y con un ligero granulado cinematográfico que refuerza la sensación de estar visualizando una película de terror de los años 70 u 80. Con momentos folklóricos y rurales que recuerdan a películas como The Wicked Man, la contribución que hace la dirección de fotografía a la inmersión en la atmósfera del espacio y la época es crucial. Pese a contar con un presupuesto ajustado y una reducida variedad de decorados, la dupla entre dirección y fotografía saber cumplir esa carencia con creces construyendo un entorno opresivo, misterioso y tétrico.

Anya Taylor-Joy vuelve a demostrar por qué es una de las actrices jóvenes con más talento del panorama cinematográfico y televisivo. Cada vez que aparece se come la pantalla. Pese a lo sufrido y dócil de su personaje, adquiere fuerza y protagonismo conforme avanza la película. FUENTE: https://bighorrorguide.com/

Y todavía queda por analizar el último engranaje de su maquinaria ambiental: la macabra y perturbadora banda sonora de Mark Korven. Con toques de música folk, voces de ultratumba, sonidos estridentes y efectos varios difíciles de identificar, es de esas bandas sonoras que pese a carecer de temas icónicos hibridan de tal manera con la película que sin ella no se lograría el estado de angustia, tensión y malsana curiosidad permanente que infunde La Bruja en el espectador.

Un reparto familiar donde todos brillan

El núcleo humano fundamental en torno al cual pivota la obra es la familia de colonos cristianos, siendo el equilibrio entre todos ellos absoluto y lográndose una credibilidad y eficacia interpretativa que atañe por igual a adultos y jóvenes (los niños están impresionantes en La Bruja). Pese a que la abrumadora presencia de Anya Taylor-Joy (Thomasin) puede opacar en ocasiones al resto de sus compañeros, lo cierto es que el nivel promedio es muy alto y consiguen mantenerse sólidos y verosímiles sin recurrir a las típicas estupideces que proliferan en infinidad de productos de terror de calidad cuestionable que suelen verse pululando por ahí.

Comenzando por la enorme actuación de Ralph Ineson como el herético, afectuoso y pusilánime William; siguiendo con la excelente actuación de Kate Dickie como la estricta y desesperada Katherine, que en ningún momento desentona en su papel de madre que se ve forzada a abandonar su comunidad y someterse a los designios de su marido pese a costarle el sufrimiento de la familia al completo; un sorprendente Harvey Scrimshaw como Caleb que consigue transmitir perfectamente esa combinación de pureza y lujuria que proporciona la adolescencia temprana (atentos a una escena donde sufre un problema de salud, y le veréis en su máximo esplendor); e incluso los dos niños pequeños de mimetizan a la perfección sus papeles y originan una incomodidad nada despreciable.

FUENTE: https://www.vix.com/

Pero si alguien sobresale levemente con respecto a los demás, ésa es Anya Taylor-Joy. Thomasin es una niña solícita y trabajadora que se ve envuelta en situaciones turbias que escapan a su control y de la que su propia familia recela y coloca como cómplice o incluso artífice de las tragedias que les acontecen. Puede que su papel de niña en transición hacia la edad adulta que es acusada de brujería por ciertas actitudes insolentes o subversivas ya esté bastante trillado, pero la evolución del personaje a lo largo del film (cómo los infortunios, la hostilidad manifiesta de parte de su familia y las decisiones que éstos toman sobre su vida forjan su carácter indómito, salvaje y cada vez más distanciado de sus seres queridos) es ejemplar gracias a, en gran medida, lo intenso de sus miradas, su expresiva gestualidad y el carisma natural que desprende.

Una historia sencilla pero que cuida forma y fondo

La premisa de partida de La Bruja consiste en que una familia de colonos ingleses cristianos (muy devotos ellos) deciden asentarse en una zona cercana a un misterioso bosque, tras verse forzados a abandonar su pueblo por decisión del patriarca familiar. Cuando el hijo pequeño de la familia desaparece en extrañas condiciones y sus humildes plantaciones no germinan adecuadamente, sus miembros comienzan a sospechar de la presencia de algún ente sobrenatural habitante del bosque capaz de perpetrar perversas brujerías contra ellos.

Como sucede en muchas películas de terror, al caer la noche se desatan intensamente las fuerzas de la oscuridad. Algunas secuencias son tan asfixiantes que si no te mantienes con el culo pegado al asiento es porque no estás sentado.
FUENTE: https://www.nytimes.com/

Más allá de las analogías y metáforas religiosas, y de algunas reflexiones morales y sociales, la película posee una trama lineal y sin excesivas complicaciones. El consistente guion de La Bruja demuestra que, aunque uno sea muy fan de las historias complejas e imbricadas, no es necesario articular un relato lleno de requiebros para captar la atención permanente del espectador. La mera existencia de fenómenos singulares, asociados a un ser desconocido que parece revelarse muy esporádicamente, constituye incentivo más que suficiente para que la trama resulte atractiva. A ello se suman los conflictos que emergen en el seno de la familia (discusiones, enfrentamientos, comportamientos enloquecidos suscitados por el aislamiento y la inanición, la gestión emocional de la pérdida…), y se presentan temas interesantes como la necesidad social de pertenencia a un grupo, las implicaciones de una vida pecaminosa, las consecuencias de los errores, las dudas de fe, el peligro vinculado a los dogmas religiosos y el sustento real de las leyendas populares sobre las brujas.

La obra en ningún punto se esconde, y casi desde el principio muestra sus cartas: no estamos ante una película de terror explícito al uso, sino más bien ante un drama histórico violento, oscuro y con cuantiosos destellos de thriller y de terror psicológico. Robert Eggers nos traslada perfectamente a un siglo XVII donde las costumbres ancestrales, los miedos atávicos y la intolerancia religiosa todavía son el pan de cada día de cualquier ser humano sobre la Tierra. No estamos realmente en la Inglaterra victoriana de la caza de brujas, pero sí que se observan las principales causas que condujeron a propiciarla: cuando una mujer manifestaba voluntad propia, capacidad de trabajo y determinación (o simplemente no había nadie mejor a quién culpar), rápidamente era calificada como bruja y sometida a terribles vejaciones y castigos incluso por parte de sus propios familiares. La película está constantemente impregnada de un aura de misticismo que, junto a su tono adulto y oscuro y a su contenido violento sin incurrir en lo explícito y en lo estrictamente gore (que de todo hay, pero es casi más pavoroso lo que se insinúa que lo que se muestra), le atribuyen un estatus indiscutible de película de misterio y terror sólo apta para un nicho de público muy concreto: los enfermos ment…(😋). En serio: sólo sabrá apreciarla un público maduro (en edad y en mentalidad cinematográfica), con alta tolerancia a las películas simbólicas y rarunas, interés por la reimaginación de mitos populares y que no exijan acción permanente y vibrante para mantenerse enganchados a un relato. Y si además te gusta el terror más experimental y estás harto de los convencionalismos habituales del género, puede que La Bruja se convierta en una de tus películas favoritas. No tiene un guion que profundice en exceso en algunas de las problemáticas éticas y sociales que plantea, por momentos su ritmo puede hacer que la película se vuelva un poco más larga de lo que realmente es si no entras en su juego ante la falta de sustos (92 minutos escasos), puede hacerse excesivamente corta y ambigua pese a sí haber sido capaz de entrar en él, y en general son mejorables su falta de presupuesto y una dirección algo más elaborada y ambiciosa y menos teatral. Sin embargo, todas las carencias previamente enumeradas palidecen ante sus numerosas virtudes; entre las cuales, además, casi se me olvida mencionar los sublimes diálogos que terminan de redondear su impecable ambientación. Una gran propuesta de terror que Eggers puliría del todo en su imprescindible El Faro.

VALORACIÓN: 8.5

TRAILER:

Y ahora vamos con una pequeña zona de SPOILERS donde comentaré algunos aspectos interesantes de la película.

¡¡¡¡¡SPOILER ALERT!!!!!! ¡¡¡DANGER!!!

Deterioro psicológico y miedos subconscientes

La historia de La Bruja nos narra el descenso paulatino e inexorable a los infiernos de una familia fervientemente religiosa, pero cuya naturaleza humana compleja y moralmente gris les aleja incesantemente del ideal cristiano de perfección. Tal y como William recuerda a su hijo Caleb:

«- ¿No naciste pecador?

– Sí, fui concebido con pecado y nací en la iniquidad.

– ¿Y cuál es tu pecado original?

– El pecado original de Adán y mi naturaleza corrupta.

– Lo recordaste bien, Caleb, muy bien. ¿Y puedes decirme cuál es tu naturaleza corrupta?

– Mi naturaleza corrupta carece de gracia y se inclina al pecado, sólo al pecado continuamente».

Casi todos los miembros de la familia representan algún pecado capital que les tortura y les impide vivir en paz y armonía con sus creencias: William es un hombre orgulloso e incapaz de admitir sus errores; Caleb se ve invadido por la lujuria, hasta el punto de plantearse intenciones claramente incestuosas con su hermana a causa de su falta de interacción con el exterior (hasta el punto de que, el que empezara buscando una manzana, falleciese escupiendo la manzana del pecado original de Adán); Katherine siente envidia de Thomasin por su belleza y juventud, y teme que la esté empleando para manipular a los hombres de la casa y ocupe su lugar; y los pequeños Mercy y Jonas son dos personitas risueñas y puñeteras, que pasan más tiempo dejándose llevar por la pereza que auxiliando a su necesitada familia. Ni tan siquiera el bebé está a salvo, ya que se menciona expresamente en la película que no había sido bautizado debido al quebrantamiento del vínculo entre su congregación religiosa anterior y la familia. La malévola bruja se aprovecha de estas debilidades, infligiendo esporádicas maldiciones y crueldades (el secuestro del bebé, la infertilidad de sus cultivos, fenómenos como la hemorragia de la cabra, la tortura de Caleb…) que se limitan a poner todavía más al borde del abismo la cordura de estos personajes hasta que acaban por destruirse entre ellos.

SI piensas que en tu familia estáis todos locos, es porque no has visto La Bruja. El fanatismo religioso, las malas decisiones y los defectos inherentes al ser humano pueden convertir a una familia bien avenida en una secta de pirados.
FUENTE: https://hipertextual.com/

¿Y qué pasa con la pobre Thomasin? Pues ella, que resulta ser el único personaje realmente devoto y sin estigmas que lastren la pureza de su fe, es la que paradójicamente se transforma en una bruja al servicio de Lucifer. La obra comienza con ella abandonando la iglesia a regañadientes, y despidiéndose del pueblo con una mirada triste y apesadumbrada. La chica no desea abandonar el pueblo, y se ve condenada a una vida de miseria y soledad como consecuencia de la soberbia y la ineptitud de su padre. Aún así, la chica se esfuerza por ayudar a su familia y soporta cuantiosos desaires y hostilidades por parte de su celosa madre y de dos de sus hermanos pequeños hasta que todo estalla. Y cuando lo hace, ella intenta razonar y advierte la presencia de Satanás (en forma de macho cabrío) habitando entre ellos.

En cualquier película típica del género la familia la habría escuchado, se habrían enfrentado unidos al perverso Satanás y a su esbirra brujeril y, finalmente, todos regresarían felices y reconvertidos al pueblo. Pero no es así para una mente lúcida como la de Robert Eggers, donde los personajes son humanos y falibles y están tan obcecados en sus temores, obsesiones y dogmas de fe que ya no pueden volver atrás. El Diablo mata a su padre y se convierte en su nuevo amo, Thomasin se ve exhortada a matar a su enloquecida madre en defensa propia, y antes que la soledad escoge pertenecer al grupo de las brujas. Porque sí, al final vemos que no sólo había una (tal vez la sacerdotisa de gorro rojo que vemos a mitad del film sea diferente a la que aparece en otros momentos del film, puede que el resto hubiesen permanecido ocultas), sino que formaban un aquelarre completo reclutado por Lucifer. De manera cruenta y dudosamente satisfactoria, al menos Thomasin ha logrado encontrar una familia que la aprecia y un dios que escucha sus plegarias (recordemos que el Diablo le promete privilegios dignos de nobles de la época a cambio de su servicio abnegado). Cuánto daño pueden hacer nuestras creencias, cuando las esgrimimos como escudo contra nuestros miedos y terminamos dando rienda suelta a nuestros impulsos más irracionales. Y cuando nos equivocamos, la culpa es del otro: de la mujer que no se deja llevar por los vicios (la bruja); del hombre que vive una vida pacífica ajena a nuestros anhelos y envidias; del niño o del anciano que precisan de nuestro cuidado y que en abundantes ocasiones ni siquiera tienen control pleno de sus acciones. Escurrimos el bulto, en definitiva, para no tener que reconocer que nos estamos equivocando y que tal vez nuestras ideas preconcebidas, nuestros prejuicios, nuestros deseos y nuestras actitudes deben cambiar. Así es como nos convertimos en verdaderos monstruos, y terminamos creando otros donde no los había. Un abrazo fuerte y hasta la semana que viene. Mucha salud y mucho cine.

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