akira

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El poder absoluto corrompe absolutamente

El mundillo de la animación para adultos es apasionante, sin duda, pero también poco conocido para el público general. Solo hay unas pocas obras que consiguen alcanzar cierto reconocimiento y prestigio fuera de círculos muy reducidos de freaks de este género; y todavía menos adquieren el estatus de película de culto ni poseen un impacto tan demoledor en la cultura popular y la evolución de la industria en los años venideros. Y que no estemos hablando de una película de Pixar (cuyos productos suelen contener elementos de madurez narrativa superpuestos a un envoltorio de cine para los más peques) ni de una película del estudio Ghibli del portentoso Hayao Miyazaki, hace que Akira deba contemplarse como una de las obras más singulares, especiales e influyentes de la historia del cine de animación (y me atrevería a decir del cine en general de las últimas décadas). Bienvenidos una semana más al rincón más friki y cinéfilo de todo Internet.

Cuando llevas un día entero sin dormir y ya te da igual todo.
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Cómo redefinir un género y transformar la animación

¿Por qué la animación suele asociarse con cine para niños? Probablemente el tito Walt Disney haya tenido mucho que ver, con sus películas clásicas dirigidas a un público infantil que hasta el momento se habían visto totalmente excluidos del acceso a este entretenimiento; pero dudo que sea el único motivo que subyace a este prejuicio social. Tal vez el hecho de que no fuesen personas reales, sino seres y objetos creados de manera digital, haya influido de manera determinante. O puede que sus tramas, originariamente menos adultas y más simplificadas, hayan engendrado este estigma pese a que el género lleve muchos años esforzándose por demostrar lo contrario. Sea como fuere, hoy vengo aquí para romper una lanza en favor de la animación para adultos. Tal y como quedó evidenciado con productos sublimes como la Princesa Mononoke (cuya crítica hecha por un servidor tenéis aquí), la visionaria y filosófica Ghost in The Shell o esta Akira, el cine «de dibujos» puede traernos historias tan crudas, complejas y filosóficas como la más compleja de las películas de ciencia ficción trascendental. De hecho, estas dos últimas obras contribuyeron a consolidar y enriquecer un subgénero de esta fantasía científica como es el cyberpunk (construido sobre los maravillosos cimientos de obras como Blade Runner, Tron, Videodrome, Robocop o el cómic de El Incal), donde se desarrollaba un futuro cercano en el que la conexión íntima entre el ser humano y la tecnología había amplificado las desigualdades y defectos de nuestra sociedad actual. Alejado del paradigma de la ciencia ficción clásica, más luminosa y optimista, el cyberpunk utiliza los avances más plausibles de la informática y/o la electrónica para pasarlos por una óptica punk, pesimista, sucia y oscura.

Sin embargo, pese a enmarcarse en este mismo subgénero y presentar rasgos comunes, Akira no es Blade Runner ni tampoco es Ghost in The Shell. Como solo las grandes películas consiguen, Akira ostenta una personalidad propia y distintiva. No es tan enmarañada, contemplativa y proclive a la introspección como la obra maestra de Mamoru Oshii; ni tampoco está cercana al cine negro ni a los convencionalismos Hollywoodienses como la inmensa genialidad de Ridley Scott. Akira es un salvaje festival de destrucción, crítica social y política, acción, violencia y metáfora de reflexión científico-fantástica que te engancha desde el primer plano, te sorprende en cada fotograma y te suelta más confundido y abrumado que cuando empezaste. No es que la película resulte incomprensible (pese a que no viene mal verla varias veces o haber leído el manga original para empaparse de todo), ya que la trama fluye con agilidad y la evolución de los personajes es sencilla; pero si profundizamos es sus matices, tanto de referencias científico-sociales como de construcción de personajes, nos daremos cuenta de que Akira es simplemente una obra maestra. Puede que excesiva o críptica por momentos, pero son nimiedades al lado de todo lo que ofrece este film. Y creedme cuando os digo que la oportunidad de ver esta joya en alta resolución y en una pantalla de cine es una experiencia que no olvidas fácilmente.

La moto de Kaneda es uno de los vehículos más célebres e icónicos de la historia del cine. Es casi imposible no querer agenciarse una para recorrer nuestros barrios en medio de la quietud de la noche (qué poético me ha «quedao» 😏).
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¿Y quién es ese señor, os preguntaréis, que concibió semejante anomalía dentro del cine de animación de la época? Pues nada más y nada menos que Katsuhiro Ōtomo, talentoso mangaka (él mismo es el autor del cómic original de Akira, que concluyó unos años después de esta película) y ferviente admirador de Blade Runner. Este buen hombre, pese a habernos traído algún que otro producto posterior bastante apreciable (ahí nos quedan sus excelentes cortometrajes o la imprescindible Steamboy), se vio invadido por una inspiración repentina y que todos los fans de Akira le agradecemos: quería trasladar la atmósfera cyberpunk del crepuscular Los Ángeles de Blade Runner a su Japón natal; e impregnarla de los propios miedos, inquietudes e inseguridades de la sociedad japonesa de los años 80. Lo que sorprendió al propio Ōtomo es que no sólo iba a reflejar con éxito todas estas pretensiones en un público nipón que la acogió con entusiasmo, sino que también Occidente (que por una vez dejó de mirarse el ombligo y se abrió a otras formas de animación de masas) quedó gratamente sorprendido con esta película y pidió más. Así es como la riqueza artística de este excepcional país comenzó a hundir sus raíces en otros países, consolidándose posteriormente en lo que se conoce como el movimiento otaku.

La Neo Tokio de Akira es fascinante y aterradora a partes iguales (como cualquier ciudad cyberpunk que se precie). Las luces de neón, los descomunales rascacielos y la prosperidad de las clases altas gobernadas por dirigentes sin escrúpulos contrastan clamorosamente con los barrios pobres, marginales y derruidos próximos a esa zona fatídica en torno a la cual se produjo el acontecimiento que cambió este mundo de ficción para siempre. Y es en esos distritos donde una juventud desnortada y carente de esperanza en un futuro más halagüeño se dedican a desperdiciar sus vidas en carreras ilegales, peleas de bandas y continuos desafíos a la sociedad y sus autoridades representativas. A esta desafortunado estrato social, al que pertenecen los dos protagonistas principales de esta historia (Kaneda y Tetsuo), irán a parar por avatares del destino otros extraños personajes que desencadenarán un conflicto destinado a cambiar de nuevo esta ciudad y a sus habitantes para siempre.

Tetsuo es uno de los mejores personajes del film. Se convierte en víctima de las injusticias sociales y de sus propias inseguridades, pero más allá de ello también es un representante de la libertad y de las consecuencias de no ser capaz de gestionar el inmenso poder que ésta proporciona. La complejidad y madurez con las que se tratan la mayoría de los personajes en Akira sigue admirando hoy en día, 32 años después de su estreno original en Japón.
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No obstante, Akira no sería tan valiosa como pieza cinematográfica si desestimamos el titánico trabajo de Katsuhiro Ōtomo en labores directivas. Desde ese primer plano aéreo espectacular de Neo Tokio, descendiendo desde las alturas de los afortunados adinerados hasta la devastadora inmundicia de sus barrios bajos, Katsuhiro Ōtomo nos sitúa rapidamente en una ciudad donde la clase dirigente ha conseguido reconstruir parte de lo que la guerra que ellos mismos instigaron (o sus antiguos amos); pero a costa de dejar atrás a gran parte de los ciudadanos de a pie, que tienen que subsistir como pueden con la expectativa de integrarse algún día en esa creciente pero todavía inaccesible élite que les condena al desamparo. Aunque posteriormente veremos que no todo es tan sencillo como asociar esta reflexión al eco del impacto social que la Segunda Guerra Mundial y el horror nuclear dejaron en la sociedad japonesa, sí hay mucho de eso en el mensaje que Ōtomo desea transmitirnos. A través de un soberbio manejo del ritmo en las secuencias de acción (aunque a veces pueden volverse algo caóticas), un espléndido uso de la iluminación y los colores y una meticulosa planificación del enfoque de la «cámara» en cada escena, el director de Akira nos dio a todos una master class acerca de cómo debe hacerse el buen cine de ciencia ficción en animación. Algunos tics asiduos a la animación japonesa nos quedan (como algunas situaciones propias de comedias de instituto que parecen no encajar del todo bien con la seriedad del resto de su argumento), pero son totalmente asumibles si tenemos en cuenta el derroche de imaginería visual y creatividad artística que encontramos en esta Tokio futurista e imbuida de ciertos toques de misticismo fantástico.

Akira se ve y se siente espectacular aún a día de hoy, y a ello contribuyen dos elementos: el elevado presupuesto con el que contó esta película en su momento (que obligó a varias productoras japonesas a agruparse y aunar esfuerzos para poder financiarla), y a su vanguardismo tecnológico. No tanto porque ninguna de sus técnicas en particular fuesen inventadas expresamente para esta película (la grabación previa de las voces de los dobladores para que se sincronizasen perfectamente con la gestualidad de los personajes animados llevaba haciéndose en la animación occidental desde hacía años), sino por cómo todas ellas se combinan para articular escenas que parecen hechas para grabarse en nuestro cerebro de forma indeleble; tanto cuando quiere perturbar al espectador al más puro estilo Cronenberg, como cuando nos deja embelesados con frenéticas setpieces de acción y thriller futurista. Y lo mejor de todo es que el nivel de despliegue visual y brutalidad que se observa en Akira no es gratuito, sino que obedece a la intención de Ōtomo de que presenciemos las desoladoras consecuencias de la codicia, la violencia y la ambición desmedidas. Y vaya si lo consigue.

En Akira veremos muchos tiros, muchos golpes y muchas explosiones. Pero los personajes no son ajenos a ello, y el realismo no está en la literalidad de lo que se muestra (que tiende a ser exagerado por su carácter alegórico) sino en las causas y las implicaciones de lo que sucede; tanto a nivel colectivo como en la individualidad de sus personajes.
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La banda sonora de Akira tampoco se acomoda en la placidez de lo convencional. La música compuesta por Shoji Yamashiro es inquietante, ambiental y con tonos que discurren entre lo folclórico, lo solemne, lo épico y lo psicodélico. Se trata de una banda sonora estrictamente ambiental, que alterna momentos folclóricos y sosegados con atronadores temas orquestales y sinfónicos en los momentos de acción. Cabe destacar que incorpora algunos efectos de sonido y partes de sintetizador que no puedene vitar retrotraernos a la legendaria banda sonora original de Vangelis en Blade Runner. Y éso no es para nada malo, porque Akira abraza sus referentes para remodelarlos y aportar su perspectiva única.

Una cautivadora historia que es mucho más de lo que parece

El guion escrito por Katsuhiro Ōtomo e Izo Hashimoto puede parecer complejo, enrevesado y difícil de seguir durante sus primeros minutos, pero si te mantienes atento durante el visionado probablemente termines captando casi todos sus mensajes y referencias. La trama nos presenta una reinvención post apocalíptica de la ciudad de Tokio con zonas muy tecnificadas y futuristas; al tiempo que otras se hallan sumidas en la miseria que conllevó el fin de la Tercera Guerra Mundial. En esta ciudad asolada por los conflictos bélicos y en proceso de recuperación de su antiguo esplendor han adquirido presencia, como ecos resonantes de la antigua guerra, las peleas callejeras entre bandas urbanas de adolescentes que residen en los barrios marginales más cercanos a la llamada Zona 0 de Neo Tokio. Ese imponente cráter, silencioso y amenazador, parece erigirse como un llamativo recordatorio del daño que las guerras y el armamento nuclear han vuelto a infligir al pueblo japonés tras el desastre de Hiroshima y Nagasaki. Esta premisa se complica cuando, durante el transcurso de una violenta carrera sobre ruedas de estas bandas (a una de las cuales pertenecen Tetsuo y Kaneda), el rezagado Tetsuo se estampa bruscamente contra un extraño individuo que será el detonante de un giro inesperado de los acontecimientos.

La historia de Akira comienza (tal vez demasiado) apresurada, y no deja apenas descanso al espectador hasta su desenlace. Mientras que otras obras como Ghost in The Shell están dotadas de un ritmo más lento y contemplativo, en Akira el desarrollo de la acción es más desenfrenado y las tramas de personajes emergen y transcurren en paralelo y/ o confluyen de manera orgánica y dinámica. El ritmo del film es endiablado, y sus 124 minutos se pasan prácticamente en un suspiro sin que los escasos momentos de respiro (fundamentales para aclarar elementos de la trama) lo ralenticen en ningún momento. Con todos estos ingredientes, y los que desmenuzaremos con mayor detalle en la sección de spoilers, Akira se erige como uno de los mejores y más entretenidos exponentes del género cyberpunk y del cine de animación para adultos en general. Con unos excelentes diálogos (con excepción de algunas secuencias de humor no del todo inspiradas), el desarrollo de temas que van desde la guerra y la alienación humana hasta la influencia de la amistad y las consecuencias de la corrupción política, Akira es una más que correcta adaptación del manga de Katsuhiro Ōtomo que a veces resulta incluso menos extravagante y más madura que su obra original, y cuyo final nos deja con más incógnitas que certezas. Como sólo las grandes obras de ciencia ficción consiguen hacer.

VALORACIÓN: 9.5

TRAILER:

A continuación vamos a comentar algunos SPOILERS sobre el argumento de la película, sin ánimo de ser demasiado exhaustivos:

¡¡¡¡¡SPOILER ALERT!!!!!! ¡¡¡DANGER!!!

Una amistad truncada por la incomprensión

Cuando Tetsuo desata todo su poder pierde la capacidad de controlarlo. Queriendo disfrutar de libertad para utilizarlo, termina siendo devorado por él. Y no es el único personaje al que le sucede.
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La complicada relación entre Kaneda y Tetsuo es uno de los ejes cruciales que vertebra la historia de Akira. Ambos pertenecen a una banda callejera de compañeros de una especie de centro de reeducación de menores conflictivos de los cuales tampoco se nos cuenta demasiado (ésto se explora mucho más en el manga), pero con los que también terminamos empatizando y que cumplen su función en la historia. Kaneda es el típico líder de grupo fuerte, valiente y presuntuoso; Tetsuo es el eterno segundón, que anhela ser percibido como líder pero que se encuentra permanentemente a la sombra del líder natural por no ser el más rápido ni el más hábil ni el más fuerte. Esto queda magníficamente ilustrado en la primera y agónica carrera en moto entre bandas rivales, donde Tetsuo desearía poder pilotar la espectacular moto de Kaneda pero ni siquiera es capaz de controlar la suya propia al nivel al que lo hacen su mejor amigo ni algunos de sus colegas. Esta inferioridad le frustra, y hace que su antiguo amigo se transforme progresivamente en un rival a batir al que envidia y al cual es incapaz de solicitarle ayuda o comprensión. Sin embargo. Tetsuo no es ningún inútil; tal y como atestiguan esos emocionantes y explicativos flashbacks finales donde Kaneda contacta con la conciencia y las inquietudes personales subyacentes de Tetsuo, de niño ya exhibía sus portentosas habilidades telequinéticas, una elevada inteligencia innata y un inmenso poder dormido. Descubrimos gracias a estas reveladoras escenas que todos los extraños niños avejentados y pálidos pertenecieron en realidad al mismo club de niños dotados de habilidades especiales con los que el gobierno japonés había estado experimentando. Entre ellos también se encontró tiempo atrás el propio Akira, al que sólo vemos efímeramente pero que fue el que realmente provocó la anterior explosión y el descomunal cráter de Neo Tokio antes de ser definitivamente diseccionado y custodiado celosamente por el Ejército japonés hasta que su potencial pudiera ser controlado y comprendido.

¿Y cómo se llega a todo ésto? Pues a través de un accidentado proceso de transformación en el cual el reencuentro (y quién sabe si cierto poder místico) con su antiguo compañero de grupo de experimentación hace aflorar de nuevo en él las habilidades sobrenaturales que habían permanecido ocultas y subconscientes durante tanto tiempo. Convertido en una suerte de nuevo Superman (atentos al detalle de la capa roja), Tetsuo decide sin embargo transitar por la senda del descontrol. La sociedad humana no le inspira ningún afecto, y ni tan siquiera sus amigos parecen apreciarle tal cual es. En un momento determinado de la trama intenta escapar con la única persona que parece admirarle y quererle de manera incondicional (Kaori); pero cuando es de nuevo recluido y sometido a implacables experimentos, Tetsuo decide desplegar todos sus poderes y despertar a Akira para descubrir por su cuenta sus orígenes. A diferencia de ese mítico Superman que descubre una nave espacial en su granero y prefiere averiguar su procedencia por medios pacíficos, a Tetsuo ya no le importa la destrucción que tenga que ocasionar para la consecución de sus objetivos. Ahora es poderoso, mucho más que Kaneda, y se encarga en varias ocasiones de demostrárselo. Pese a ello se muestra reticente a herirle, porque en el fondo todavía le profesa afecto por haber sido una especie de hermano mayor protector para él cuando a nadie parecía importarle su presencia.

El clímax final, donde Tetsuo se ve superado por sus propios poderes, es visualmente impactante y tiene un toque escabroso y gore que le confiere a la película una personalidad visual única.
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Al final, Tetsuo no es más que otra víctima de Neo Tokio que sucumbe a una de las tentaciones más peligrosas que acechan el ser humano: la ambición desmedida de poder. Consciente de sus inabarcables poderes, Tetsuo no contempla en ningún momento el aplicarlos para convertirse en ningún héroe salvador. Por contra, prefiere emplearlos para sus propios fines: demostrar a Kaneda que al fin es más fuerte que él (el típico «yo la tengo más grande que tú») y averiguar quién es Akira y que relación tiene con los poderes del propio Tetsuo. La moto de Kaneda no es más que un símbolo de la superioridad física y mental de uno frente al otro. Por mucho que Tetsuo se esfuerce, nunca es capaz de apropiársela como él quiere; hasta el punto de que Kaneda, consciente de la repercusión de la moto en el conflicto personal entre ambos, prefiere verla destruida antes que en manos de un Tetsuo asaltado por la inquietud de conocer la verdadera identidad de Akira. Finalmente (y al contrario de lo que vemos en el manga), Akira no estaba confinado vivo; tan sólo sus órganos, almacenados en recipientes frigoríficos, son el único testigo material de su existencia aparte del cráter de la explosión. Solamente le atisbamos en los mencionados flashbacks, advirtiéndonos de que realmente Tetsuo sí ha logrado despertar a Akira y que éste ha aparecido para controlar a Tetsuo y evitar que lo destruya todo. Al final Tetsuo deviene en antihéroe, ya que por un lado ayuda a Kaneda a comprender sus sentimientos y a hacerle madurar como persona; mientras que por otro lado evita que sus poderes se descontrolen y crea una especie de nuevo Big Bang que genera un nuevo universo paralelo en otra dimensión donde todos los niños con poderes esperan ser capaces de gestionar al fin sus capacidades. Puede parecer que Kaneda no hace gran cosa durante la trama más allá de ligar con Kay y perseguir a Tetsuo, pero nada más lejos de la realidad; él es realmente la representación del hombre luchando contra un poder enorme que le sobrepasa, pero que gracias a su coraje y su tenacidad, termina salvando a Tetsuo y de paso a toda Neo Tokio al lograr aplacar a Tetsuo junto a Akira.

La corrupción del poder y el conocimiento sin control

Tetsuo es la principal víctima del abuso de poder irreprimible, pero no es el único. Personajes como el inoperante gobierno japonés o el despreciable burócrata Nezu representan uno de los estratos más despreciables de la sociedad del Neo Tokio de Akira (y, por extensión, de nuestras sociedades actuales): la casta dirigente que gobierna de espaldas a las necesidades de los ciudadanos, demasiado ocupados satisfaciendo sus ansias de imponer su voluntad por medio del poder y de la fuerza que éste otorga, como para preocuparse por el bienestar de las personas a las que dicen representar. Los primeros reflejan la decadencia inmoral del régimen establecido; el segundo es un ser taimado y codicioso que se sirve de un grupo de idealistas desesperados (el Ejército revolucionario de Kei y Ryu) para acceder al poder a cualquier coste. En este caso Ōtomo nos invita a reflexionar sobre el terrorismo y sus turbios vínculos con determinados líderes revolucionarios que surgen con la promesa de querer derrocar al stablishment e instaurar un gobierno más democrático y destapar los engaños de la clase política; cuando en realidad, como se desprende del film, lo que verdaderamente pretende es reemplazar a los antiguos expoliadores para convertirse él en dueño y señor del poder político. Al principio se erige como informador de Ryu acerca de las decisiones gubernamentales, pero poco antes de disparar a Ryu le vemos escapar durante el golpe de Estado perpetrado por el coronel (Taisa) con un maletín repleto de billetes. DInero y poder, éso es lo que ansían los supuestos líderes de la revolución. La película es pesimista también en este asunto, y Ōtomo no lo disimula: el propio Ryu es asesinado por Nezu tras haberle estado haciendo el trabajo sucio desestabilizando al gobierno. Los terroristas, que son la facción que colabora con Kaneda para liberar a Tetsuo, creen estar cometiendo actos cuestionables por el bien de Japón; cuando en realidad sólo están contribuyendo a que la corrupción política se perpetúe en manos de otros igual o más desleales que los que ostentan el poder absoluto.

Neo Tokio ya lucía espectacular en el manga original, pero en la película adquiere una espectacularidad deslumbrante. Una de las ciudades más icónicas de la historia del cine de ciencia ficción.
FUENTE: https://www.theguardian.com/

Tampoco deja Ōtomo sin criticar la falta de ética científica, y las nefastas implicaciones que conlleva la acumulación de conocimiento transgrediendo cualquier frontera moral concebible. Con la vista puesta realmente en el célebre proyecto Manhattan y otros similares, Akira simboliza este concepto en forma de un único científico: el Doctor. Éste es advertido por el Coronel para que cese sus experimentos cuando observe que vayan a ser incapaces de controlar el poder de Tetsuo, pero su anhelo inquebrantable por descifrar el origen de las extraordinarias habilidades del chico le instan a obviar las consecuencias de su imprudencia. Intentando entender el origen del universo y descifrar el siguiente paso de la evolución humana (fines todos ellos loables en sí mismos), está dispuesto a secuestrar a chicos inocentes y a someterles a terroríficos experimentos hasta extraer de ellos toda la información que necesita. Por si alguien se pregunta para qué están los Comités de Ética científica o los códigos deontológicos, aquí podemos asistir al panorama con el que nos toparíamos sin su existencia. No es un villano al uso en el sentido que no disfruta con el mal infligido ni ambiciona ningún propósito material; pero no cabe duda de que sus actos son viles, y que el progreso científico no se debe obtener a cualquier precio.

El ejército y la religión en un mundo tecnificado.

Y todavía nos queda el estamento militar. Si decíamos que el Doctor es un individuo que comete actos perversos sin ser un villano estereotípico como tal (aunque sí que podría asociarse con el típico científico loco de muchas películas de ciencia ficción), todavía más complejo y difícil de definir es el personaje del Coronel. Hombre aguerrido, patriótico y decidido, tampoco vacila a la hora de mantener en secreto sus experimentos militares con el designio claro de proporcionar a Japón un arma que le permita protegerse en una hipotética nueva contienda armada futura contra otros países. El Coronel es consciente de que estos chicos han adquirido unas habilidades muy peligrosas, y que si éstas no son controladas apropiadamente pueden desencadenar una catástrofe como la que ocasionó Akira en 1988. Este personaje representa el carácter rudo, violento y pragmático de los militares, hasta el punto de que decide asumir el control del país y derrocar al Gobierno cuando éste intenta despojarle de su cargo y de la financiación de su proyecto AKIRA. Efectivamente, tal y como ellos arguyen, Japón está en proceso de reconstrucción tras una horripilante guerra y hay actividades mejores a las que dedicar el presupuesto público que a la investigación militar; pero el Coronel es consciente del abrumador poder del que disponen esos niños, y que si no son convenientemente estudiados y controlados por el ejército que él lidera, la amenaza de una nueva destrucción de Japón es inaceptable. Al final opta por traicionar sus principios de lealtad hacia el gobierno para salvaguardar el bienestar de su país y tratar de evitar que Tetsuo despierte a Akira y éste destruya Neo-Tokio, aunque finalmente no será él quien lo logre. ¿Habría sucedido algo distinto si se hubiese resignado a abandonar su puesto y a obedecer a su gobierno, en vez de dar un golpe de Estado militar? Ahí os dejo la reflexión, igual que Ōtomo nos la arroja a todos nosotros.

FUENTE: https://www.moviehousememories.com/

La religión tampoco queda muy bien parada en Akira, y ello queda especialmente patente en la figura de Miyako y sus heréticos seguidores. Todos ellos creen en el advenimiento de la figura redentora y mitológica del gran Akira, un ser omnipotente que les liberará de sus sufrimientos y combatirá la injusticia y la corrupción pero a costa de destruirlo todo previamente. O «purificarlo», como afirman ellos. Cuando contemplan el inmenso poder que atesora Tetsuo, Miyako y sus devotos lo veneran como si del nuevo Akira se tratase; pero Tetsuo les ignora, y ni tan siquiera se molesta en utilizarlos para sus fines. Al final no son más que un conjunto de ciudadanos desamparados, que se aferran a leyendas y dogmas con cierta base verídica (Akira realmente existió) y los amoldan a sus necesidades para considerarlo como una suerte de Mesías salvador.

Hay todavía otros muchos temas, como el desarraigo social, la decadencia cultural de los países tecnológicamente avanzados en los cuales no existe un desarrollo ético y político congruente con él y multitud de referencias al cine clásico y de animación occidental. Pero prefiero que seáis vosotros mismos los que las descubráis y, si queréis, las compartáis para que todos podamos disfrutarlas. Akira es una obra catedralicia de la ciencia ficción universal, tan impactante visualmente como demoledora en su visión lúgubre y agorera de nuestro futuro como especie. Aunque ese final con Kaneda y Kei asistiendo al nacimiento de un nuevo universo al cual van a parar todos los chicos peligrosos nos deja entrever un rayo de esperanza, antes ha sido necesaria tanta aniquilación y tantas muertes que nos urge a reflexionar sobre lo monstruosos que podemos llegar a ser los seres humanos cuando gozamos de demasiado poder: sea éste económico, físico, político o militar. Feliz Navidad a todos y que paséis una excelente semana. Mucha salud y mucho cine.

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Written by Ricardo Marin

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