La visión de Alex

Arcoíris

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Dicen que los colores siempre han existido para mostrarnos diferentes matices de la tierra y el universo; que existen para teñir nuestras pupilas con sentimientos que son expuestos en la superficie de los objetos o personas;

que entretejen nuestros deseos en caprichos sobre qué camisa nos gusta o sienta mejor.

Algunos se quedan socavados al fracaso estrepitoso por la predominancia de otros. Qué irónico que así nos comportemos los humanos. Sin embargo, hay veces que estos colores retornan de las profundidades del olvido para volver a ser una tendencia y plagar los atuendos e infraestructuras del momento. Pero desconocen el origen de los colores y su creación, como también su cima y su vacío. Distamos de modales en reconocer el origen de lo que antaño era una veneración. Por los colores, por ellos y por los que se niegan a ver, por la olvidada, por su creadora y su triste final.

 

Nimbo de Arastas, lugar de los Aspectos olvidados en el eterno Vacío.

Desde siempre ha habido vacío y color, pero no un color llamativo o plural. Todo lo contrario, un color apagado, de sombras blancas y negras. De grises acabados. Es allí donde un Aspecto, de repente, empezó a iluminarse de distintos colores en su totalidad. Una mujer con una larga melena empezaba a ser testigo de la aparición de un extraño amuleto en su pecho, con forma de una estrella de siete puntas.

Al instante, aquella mujer sintió miedo, pues nadie dijo algo de poder crear nada y eso le hacía pensar que sería juzgada y relevada a la séptima planta donde solo habría oscuridad. Por ello intentó arrancarse dicho amuleto, pero sin éxito alguno. Además, cada vez que intentaba quitárselo, éste se iluminaba más y más, aumentando la angustia por momentos.

Hacía poco que tres Aspectos se rebelaron contra la metrópoli y vencieron en la guerra que esta mandó sobre ellos. Desde entonces las cosas estaban más y más controladas, a la mínima te relevaban para siempre en un final sin luz. Cuando el Vacío mandó sus tropas para arrestarla, siete luces salieron de su pecho y destruyeron aquellas huestes. Regresaron cuando hubieron terminado y llevaron a la mujer lejos de él.

Cuando arribaron a su destino, las siete luces se ubicaron en frente de aquella mujer y una por una se fueron introduciendo en aquella estrella de siete puntas; El rojo para que la pasión, la vida, el amor y la intensidad florezcan en sus entrañas. El naranja para que la alegría, el entusiasmo y la vitalidad ayuden a recorrer el camino. El amarillo, sobre la inspiración, la creatividad y la felicidad, ante las adversidades. El verde ofreció la esperanza, la paz, la renovación, el crecimiento y el equilibrio. El azul puso en disposición la calma, armonía y los sentimientos negativos. El añil concedió la fantasía y los sueños. Y el violeta sería el paso al mundo espiritual y mágico, la purificación del ser y el espíritu.

La mujer empezó a recibir todos los obsequios de estos colores, cambiando así su apariencia: su pelo se volvió blanco e ignoraba la gravedad, sus ojos se tiñeron de un color especial, una mezcla de los siete colores, cada uno podía verse y distinguirse entre los demás. Su vestido se volvió de encaje con franjas donde el arcoíris se divisaba. La diadema de su frente tomó un color de diamantes blancos relucientes y su amuleto resaltaba ante todo lo demás, imponente y majestuoso brillaba ante la oscuridad del Vacío. Había nacido Iris, el Aspecto de la Luz.

Foto de Diego F. Parra en Pexels

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