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El legado de la tierra 2

Los gigantes, pese a medir, de media entre veinte y veinticinco metros de altura, poseer gran fuerza y manejar magia tanto ofensiva como defensiva, acababan de obtener todos estos atributos y tenían que aprender a utilizarlos. Debían aún masterizarlos. Los atum les sacaban tiempo y experiencia, incluso en la guerra, pues los Jotn no habían tenido nunca que pelear en batallas al vivir en Mesala.

Sin embargo, al ser una raza nueva, tenían el privilegio de Roxa y podían optar a tener un dios. Y es aquí donde entra Dalamira la Grande. Fue elegida a la edad de los doce años, recién convertida a gigante y, para el tiempo de la guerra con los atum, alcanzaba a los diecisiete. Los dioses de las distintas razas siempre resaltaban entre sus iguales por tener distintos atributos físicos dependiendo de cuán fuerte fuera su bendición. En el caso de Dalamira había no solo conseguido la bendición de Roxa, sino también la protección del Espíritu de la Tierra, lo que aumentaba aún más su poder. Es por ello que, pese a ser una diosa, destacaría entre sus sucesores: llegaba a los cincuenta metros de altura y poseía mucha más fuerza que diez miembros de su clan juntos.

Tenía como arma a Dimash, el martillo del cielo (tan grande como Dalamira y más pesado que algunas montañas) que aumentaba el poder mágico de la diosa. Se cree que fue forjado en el Reino Crepuscular y lo arrojaron desde allí con la intención de que Dalamira, cuando ascendiese, lo reclamase para sí y se proclamara reina y diosa de los gigantes.

Su figura de una mujer con una larga coleta que recogía su cabello ambarino, su cara redonda y con ligeras pecas, sus delimitadas curvas y su cuerpo fortalecido, se hizo eco en las culturas del continente del norte. Justo desde aquel día, cuando el mundo vislumbró el nacimiento de un ser consagrado.

En algún momento durante la Edad de las Razas.

Había llegado el momento. Hoy era el último día de paz que abrazaba el valle. El tímido amanecer daba asilo a la suave brisa que bailaba como si fuese indiferente a lo que se acontecía hoy sobre los habitantes de estas tierras. Los pájaros no se oían y pedían unos minutos más de letargo. La fauna se había escondido como presintiendo la masacre que hoy vería este lugar. Los gigantes, desde nuestro reciente nacimiento, siempre hemos sido una raza inexperta, pero valiente y honesta. Hemos intentado respetar a todas las razas de este continente, pero los atum eran distintos. Poseían maldad y desinterés que hacía que vieran a las demás especies como inferiores. Si le sumábamos su estatus invicto en el campo de batalla, hacía que su orgullo estuviera por el mismísimo cosmos.

No pretendíamos ganar esta guerra, solo alargarla lo máximo posible. Al menos hasta que los del Consejo pudieran convencer a los, enemistados con los atum, enanos del norte y a los ent del sur. Buscábamos alianzas desesperados. Mas parecía que nadie quería ayudar o arriesgarse a tratar con una raza novata que pelearía contra la más fuerte del momento.

Tampoco los culpo, no sé si yo misma pondría las vidas de los míos para ayudar a unos completos desconocidos. Creo que es lo más razonable, aunque no sea totalmente ético. Sin embargo, creo que solo la tierra podría ayudarnos. Nos valemos únicamente de nosotros mismos y lo mejor será no esperar nada de ninguna de las demás razas. No van a ayudarnos, eso lo sé. Quizás el Consejo crea que sí lo harán, pero la esperanza y la desesperación los ciega.

Del mismo modo no confían del todo en mi capacidad de combate y estrategia. No conciben la idea de que pueda defenderlos, aunque sea una diosa. No difiero en sus pensamientos. La verdad es que no sé si yo misma podría defenderlos. Aunque daría mi vida por ellos si fuera necesario. No por orgullosos que creen liderar el país, no, sino por la gente que caminaba conmigo durante mi entrenamiento y la que se preocupaba de mi estado mientras que defendía el poblado de las bestias. Me importaban aquellos que hacían de su vida una tarea sencilla e intentaban aclimatarse al brusco cambio de Mesala al Valle del Lago.

– Señora, ¿aún quiere el tatuaje que ordenó? –escucho la voz de Diana, la persona que se ocupa de mi cuidado-.

– Claro que sí, Diana. Quiero que la gente vea y sepa cuando me vean a dónde pertenezco y a quiénes protejo.

La miro con calma intentando que mi agitado nerviosismo no consiguiera salir a la superficie. Lo último que quiero es que los que confían en mí me vean palidecer.

– Sí, mi señora. -Diana hace una reverencia y sale de mis aposentos.

Si bien es conocida nuestra notable altura, lo que se piensa de los gigantes es que vivimos a la interperie y no tenemos un techo en el cual refugiarnos de la lluvia. No teníamos casas como los humanos, los enanos, los elfos y los atum. No vivíamos en ciudadelas de hielo ni en metrópolis de lava, pero lo que sí teníamos eran enormes montañas excavadas que convertíamos en hogares. Eran terriblemente grandes, tenían que serlo.

Desgraciadamente, el vivir en una montaña era también una desventaja. Éramos susceptibles a quedarnos atrapados en ellas en los ataques y a sufrir derrumbes por culpa de nuestra fuerza y corpulencia. Aún teníamos que perfeccionar nuestra magia para cincelar las paredes con, como dirían los elfos, «disciplinada y estrellada elegancia».

El repiquete de las campanas de alerta me hizo despertar de mi ensimismamiento. Los atum no estaban muy lejos del poblado. Cojo a Dimash y salgo de mi habitación hacia la sala de rituales para que me marcasen. Cualquiera diría que soy un animal de ganadería, pero esto es mucho más importante y trascendental.

Continuará…

Foto de Vishal Shah en Pexels

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