La Visión de ÁlexLiteratura

El legado de la tierra 3

El Ritual de la Marca es uno de las más antiguas ceremonias de iniciación que se instauraron a lo largo de los primeros años de nuestra existencia. La marca —o como la llamamos, Nidavelrn— constituye una unión entre el individuo y la tierra, así como el entendimiento de que nuestra raza es una con ella. Sé que me repito demasiado con el tema de que la tierra está compenetrada con nosotros, los gigantes, pero es que lo veo necesario. Al menos, por ahora.

Cuando salgo de mi habitación la fría brisa de los altos pasillos de la Cámara de los Reyes acaricia mi piel como si estuviera reteniéndome. Es como si el lugar no quisiera que me fuese a aquella cámara en el ala oeste. Sabía que una vez que entrase allí, no habría vuelta atrás.

Sin embargo, y a pesar de lo que el espíritu de la montaña insinuara, me encaminé hacia el lugar indicado envuelta en la capa representativa como deidad. Era larga, llegaba hasta el suelo y arrastraba unos pocos centímetros de ella por él. Tenía unos bordados en los extremos donde se podían apreciar unas runas élficas en ellos. Según tengo entendido los altos elfos de Elviumna las tallaron como símbolo de alianza o veneración hacia los gigantes. Simple palabrería que no daba a nada más, pues no los veo aquí intentando ayudarnos para sobrevivir.

La capucha era grande y holgada, pareciera que no se buscaba en ella un gran uso y la hicieron así para que sirviera de intimidación. Estaba toda ella fabricada de piel de res del pantano Haliado —allí todos los animales eran de tamaños descomunales—. En el centro de la capa se ubicaba el símbolo de los gigantes. No fueron muy creativos, pero de cierto modo me siento halagada al ver cómo Dimash se erige en él envuelto en un rombo en forma de montañas en espejo.

Sin lugar a dudas, esta capa era el símbolo por excelencia de los marcados con Nidavelrn. Todos aquellos que la posean serán vistos como personas poderosas y capaces de grandes logros. Madre dice que soy una afortunada al ser la elegida de Roxa a tan temprana edad. Siempre comenta que muy pocas razas han sido bendecidas tan pronto de tal manera y que, contra todo pronóstico, está segura que seré capaz de defender mi pueblo y mi tierra. Ella confía en mí y, aunque me cueste, creo que es todo lo que necesito para que un sentimiento de coraje nazca inmediatamente en mí.

No puedo dejar de pensar en todas las pesadillas de las últimas semanas donde mi familia moría. La imagen de mi madre ensangrentada y tirada en la tierra simplemente me hacía despertarme con falta de aire y ataques de pánico. Qué, ¿os pensábais que los dioses somos perfectos e imperturbables? Pues no, para vuestra mala suerte no creo que seamos un modelo a seguir.

Antes de convertirme en gigante escuché en Mesala que los dioses se corrompían y se volvían egoístas, narcisistas e intolerantes con las demás formas de vida. Si lo pienso con detenimiento, ninguna raza se libra de esas suposiciones. Todas las que reciben la Bendición de Roxa se corrompen al llegar a deidad. ¿Acaso más que una bendición es una maldición? Si dijese esto en voz alta simplemente me decapitarían por osar a cuestionar y blasfemar el nombre de Roxa pero, ¿acaso no es cierto que todas las deidades mueren a los años de ser ascendidas? Casi ninguna de ellas perdura más de un siglo con vida.

Al estar tan ensimismada en mis pensamientos, no noto que alguien me pone la mano en el brazo.

— Dalamira, ¿dónde vas con la capa? —Irmain aparece detrás mío con el atuendo de guerra—.

— Esto… ¡Irmain! ¿Qué haces aquí? Espera, ¿por qué vas vestido con el kalaharim?

Irmain me suelta del brazo y se lleva la mano al que estaba libre para empezar a frotarlo. Siempre lo hace cuando algo le perturba los pensamientos. Agacha la mirada y esboza una mueca de incomodidad.

— ¿Y bien? —le pregunto con los brazos cruzados—.

— Verás… lo llevaba puesto porque… Espera. ¡Yo te pregunté primero! No intentes liármela —me señala con el dedo con una mirada acusadora—.

Río ante la imagen que Irmain está formando en el pasillo. Siempre nos hemos tuteado pese a estar yo jerárquicamente por encima suyo, pero supongo que es normal si nos conocemos desde que éramos unos niños. Su familia y la mía nos habían concertado el matrimonio incluso antes de nacer nosotros. Es por eso que siempre estábamos el uno al lado del otro desde que nacimos.

Sin embargo, al contrario de lo que nuestros padres querían, más que amor de pareja o carnal desarrollamos una fuerte amistad que nos une hasta el momento. Es increíble saber que tienes a alguien ahí para cuando estás en tus peores momentos. Irmain fue un gran apoyo cuando supe que el destino de nuestra raza pendía de mí. Si no hubiera sido por él y por mi madre, probablemente no estaría hoy aquí dirigiéndome a la ceremonia de marcaje.

Antes de ser divinizada Irmain me superaba en altura, pero ahora que soy yo la que tiene que bajar la mirada se me hace extraño. Injustamente nos han arrebatado esa dinámica a la que años atrás estábamos acostumbrados. Pero supongo que en el mundo siempre tiene que haber sacrificios y cambios, sino todo se estancaría y no habría vida. Justo lo que le hace falta a estas estúpidas y deprimentes paredes.

— Bueno… te lo diré pero solo y exclusivamente porque te ves muy mono con ese traje —noto como las mejillas se le tornan de un color carmín—.

Siempre ha sido fácil de sonrojar, qué mono.

Tú también eres fácil de sonrojar, Dalamira, no te hagas la interesante.

Ay Ferros, no me cortes el momento de diversión. Todavía no me acostumbro a que un espíritu elemental viva en mi cuerpo y comparta mis pensamientos.

Creo que no hay otra, Dalamira. ¡Ja, ja, ja! Además, me dirás que te aburres conmigo, ¿eh?

— ¡Agh! Como sea.

— ¿Eing? —Irmain me mira con una ceja levantada—.

— Digo que me dirigía a la ceremonia de marcaje, quiero tatuarme el Nidavelrn y me has pillado justo en camino —contesto con una risa nerviosa—.

— ¡Oh! Está bien, ¿estás segura que quieres hacerlo?

— Sí… Irmain, no te preocupes. Llevo pensándolo mucho tiempo y creo que sería positivo que me marcara con él.

— No quiero cuestionarte porque sé que lo que haces siempre tiene un propósito detrás pero, ¿sabes las consecuencias que puede tener Nidavelrn? —pregunta con preocupación—.

Doy un suspiro

— Sí… no te preocupes, de verdad. Ya lo tengo todo meditado, ¿sí?

Intento sonar convincente pero sé que él es demasiado sobreprotector y no me va a dejar tranquila hasta que no cambie de tema.

— Bueno, y bien, ¿dónde ibas tú?

De pronto su cara cambia completamente y vuelve la mirada de nuevo al suelo. Igual adopta la misma postura que hace unos momentos. Algo malo ocurre aquí, tengo un mal presentimiento.

Continuará…

Foto de Philip Ackermann en Pexels

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