La Visión de ÁlexLiteratura

El legado de la tierra 5

Suspiro y me acomodo la capa. La pobre se había quedado traspuesta por el abrazo de Irmain y se supone que he de estar «presentable» para un acontecimiento como el del marcaje. Tras unos minutos caminando diviso la enorme puerta doble que esconde detrás a aquellos que me consagrarían oficialmente como la primera diosa de los gigantes. Mi respiración se acelera más y más conforme me aproximo a la entrada.

Dalamira, tranquila. Sabes que tienes que hacerlo. Debes hacerlo, que es distinto. Si no lo haces no completarás tu vinculo conmigo.

Lo sé, Ferros. Pero significará que todo lo que he vivido hasta ahora se convertirán en simples recuerdos lejanos que veré desde una ventana que siquiera podré abrir. Esto es demasiado importante. No sé siquiera si seré capaz de volver a ver a mi familia.

Escucha. Aunque tú aún no lo sepas o no quieras verlo, eres uno de los seres de este mundo a los que Roxa le ha otorgado una de las bendiciones más poderosas. Y, para colmo, ¡TE ACOMPAÑO YO! Que no es por alardear, pero soy UNO de los Cuatro Grandes Espíritus Elementales. Así que, como parte de tu espíritu, te ordeno y te exijo que empieces a valorar tu potencial. Dentro de poco harás historia, lo presiento.

Ferros, ¿qué tal si tomas tú mi lugar? Creo que se te dará mejor, ¡ja, ja, ja!

De eso nada, jovencita. No te vas a librar del trabajo duro. ¡Además! Creo que hay muchos enigmas en torno a la procedencia de Dimash. Tengo mis sospechas, pero no quiero decirte nada hasta que lo tenga todo claro. En fin, ¡venga, tira para adelante y enseña al mundo quién eres!

Tras la sentencia de Ferros, acelero el paso y los dos guardias que se posicionaban uno al lado del otro me saludan sin gesticular palabra alguna para luego abrirme la puerta. Nunca había estado en esta sala. En realidad, nunca he tenido tiempo suficiente de explorar todos los rincones de la montaña. Desde que vine y nos alertaron de la inminente guerra, siempre he estado preparándome y entrenando.

— ¡Dalamira! Su divinidad. ¿Qué tal está? —Lenian, el líder de la compañía que se encarga de realizar los Nidavelrn, me saluda con efusividad—.

— Buenos días, Lenian. No creo que haya demasiado demasiado que contar sobre mi estado. Como puedes ver estoy ansiosa de este momento. Siempre he esperado vincularme con la tierra de la manera definitiva —contesto con una gran sonrisa en el rostro—.

Mentirosa.

Cállate.

— ¡Perfecto! Pues entonces, no demos más rodeos y empecemos con el ritual.

Acto seguido Lenian me indica que me coloque en el centro de la sala. El suelo tiene grabado, dentro de un enorme círculo, runas e imágenes de figuras legendarias que adorábamos en Mesala. En la zona central hay un asiento de piedra de miteria —es la roca más difícil de encontrar y es una gran conductora de magia—. Unos novicios me ayudan a quitarme la capa y me siento en aquel lugar. El primer contacto fue extraño. Era frío, pero a la vez cálido. ¿Será esta la sensación del vínculo? Observo con más detenimiento la estancia mientras que ellos preparan lo necesario.

La sala no era muy grande, pero sí estaba repleta de simbolismos a otras culturas. Se nota que nosotros no teníamos una identidad propia aún. Es decir, hace nada seguíamos siendo un clan de cracéicos que vivían en una ciudad. Es lógico que busquemos referencias o acercamiento a otras culturas mientras que la nuestra va naciendo.

Además de aquello, había un gran agujero en el techo por donde entraba la luz del día. Justo iluminaba de forma clara el lugar exacto donde yo estaba, y producía un reflejo violáceo en las ocho columnas que estaban dispuestas de forma circular alrededor mío.

Foto de Sagui Andrea en Pexels

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