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Publicado el

08
julio
2021

Miradas que llegan al alma

Estaba sentado en el resquebrajado banco de piedra del parque antiguo de mi pueblo. Este lugar había sido mi «lugar seguro» desde que tenía trece años, cuando solía venir con mi grupo de amigas. Huíamos de aquellas miradas indiscretas que recibíamos cuando veían a un solo chico en un grupo de mujeres. En mi pueblo no se hablaba por la boca, sino por los ojos. Un simple vistazo y un mohín hacía cambiar tu humor de un momento a otro. Pensé que todo iba a cambiar cuando me marchara a estudiar a la ciudad, que la vida iba a ser de otro color. Sin embargo, aunque las diferencias estuvieran marcadas, las miradas seguían estando. Más discretas, pero con la misma intencionalidad: juzgar. Y es que toda la vida he sido juzgado, por querer y por amar a personas que, según los autores de esas miradas, no me correspondía.

«No es normal», «yo lo respeto, pero, no sé…», «¿cuándo te diste cuenta de que te gustaban los chicos?», «¿eres el activo o el pasivo?». Todas estas preguntas y objeciones eran muy comunes cuando «se me notaba» que no iba por la acera encaminada. Quizás no fuese, en muchos de los casos, con carácter hiriente. Sin embargo, esto era aún peor, porque se notaba cómo de profunda esa visión había calado en la sociedad.

Y es que ya no era porque me llamasen «maricón» cuando iba por la calle porque «se me notaba», ni cuando los chicos se sentían incómodos cuando se enteraban de qué pie cojeaba y pensaban que les iba a tirar los trastos. Ya no era por eso, sino por lo que podría pasar cuando pasasen de ser simples miradas, al contacto físico.

Hasta hoy, que el banco de piedra ya no percibe mi peso cuando me siento y las personas ya no se giran para mirarme. Conseguí librarme de todo aquello que me pesaba y me mantenía recordando que, por haber nacido amando a quien amaba, me despedí de la vida mucho antes de lo que me hubiera gustado.

Foto de Sharon McCutcheon en Pexels

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