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Publicado el

04
febrero
2021

¿Quién caminaba por el cielo?

Aenor es un dios hib que consiguió la Bendición a los 18 años. A partir de ese momento, vivió 48 años más con vida. Su aspecto, como el de todo hib era muy peculiar; torso y cara de craceico con unos cuernos en la parte superior, piernas de carnero, piel azulada con pelaje superficial, ojos amarillos con destellos de blanco, tres grandes pares de alas y dos pares de brazos.

Nació en la isla de Conka, “cuna de los vientos”. Lugar que tendría la llave para dirigir el elemento del viento y sus sucedáneos. Una isla repleta de peligros, accidentada y escarpada, con grandes montañas y pocas zonas de cultivo. Una de las primeras moradas de los antiquísimos goquenas. Residencia de grandes héroes y dioses hibs que delimitaron el mundo con sus acciones y hazañas.

Aenor se caracterizó desde muy pequeño por su agilidad en el vuelo, llevándolo a la edad de 14 años a ser de los mejores del escuadrón de reconocimiento Pluma Ligera. La tribu de Aenor, los Giton, sufrían desde muchos años antes del nacimiento del dios, la furia y el hastío de los goquenas del mar del Norte (conocido también como mar de las Fauces). Además, muchos otros clanes hibs aprovechaban su debilidad para robar víveres y recursos lo que hizo que una de las tribus más fuertes de la isla se viera en una decadencia impotente.

Un día, mientras volvía con su escuadrón de una misión de reconocimiento, Aenor se preguntaba por qué el tiempo estaba tan cargado de electricidad. Esto preocupó al por aquel entonces hib adolescente. Sus peores preludios se hicieron realidad cuando divisó un goquena de tamaño inmensurable destruyendo su tribu y llevando la destrucción consigo. Lo único en lo que podía pensar en aquel momento era en su madre, la única familia que tenía. Cuando la bestia se marchó, Pluma Ligera buscó todos los supervivientes posibles de entre los escombros y los cadáveres. Aenor vio cumplido su desasosiego. Su madre había sido herida gravemente y se despidió con un beso en las manos en los brazos del chiquillo.

El pequeño hib lloró. Lloró todo lo que no lloró en su vida y, con sus gritos, los cielos se resquebrajaron. Las nubes desprendían rayos y los vientos se agitaban con furia. Aenor intentó quitarse la vida, pero Roxa, reacia a perder un alma tan poderosa, lo bendijo. Dicen que la ascensión divina es espectacular y, los pocos que vieron la de Aenor concuerdan en que el aire parecía obedecerlo, los relámpagos hablaban por él, las nubes bajaban y se postraban ante su dios y la lluvia obedecía sus demandas. Su aspecto cambió, su tamaño aumentó y se le añadieron unos cuernos en su cabeza junto con dos pares de alas más y un par de brazos adicionales.

Lo primero que hizo fue domar a Terral, el viento del norte. Gracias a esto los Giton serían capaces de volar más rápido y más fácilmente por el cielo del norte. Además, los protegería de otros goquenas y las tribus hibs de la isla. Tras esto, se armó y fue en busca del que despertaba su ira y ansias de venganza, Hër. Era una goquena muy difícil de matar pues tardó 2 días en lograrlo, pero valió la pena. De sus colmillos creó la espada Rosa de los vientos. Una espada capaz de demostrar quién sería el Caminante del cielo y el dueño de las tempestades. Ya tenía uno de los Doce Grandes Vientos, pero le faltaba los otros once. Espada en mano, viajó por todos los rincones del mundo capturándolos y atrapando sus esencias en la espada. Tardó 45 años en reunirlos a todos. Tiempo suficiente para que su figura de dios del viento y el cielo trascendiera en la mayoría de las culturas del momento.

Cuando regresó a Conka, los Giton habían prosperado mucho, regresando incluso a lo que antaño eran. Además, ya había más dioses hib en la isla y varios de ellos eran de su tribu. Aun terminando su misión principal, la de capturar los vientos, durante su viaje Aenor ayudó a los distintos pueblos con los goquenas que los amenazaban es por ello que cuando regresó, se dedicó a matar a todos los goquenas del mar del Norte y el de las Fauces. Los más ancianos dicen que se podía saber cuándo Aenor iniciaba una cacería por el sonido del viento, como si una trompeta de guerra se oyese desde muy lejos.

Fue un dios que dedicó su vida a salvaguardar a su gente y darle un propósito y un valor a la muerte de su madre. De hecho, gracias a sus obras, permitió que otros dioses como Yamene pudieran realizar otras grandes hazañas. Cuando murió a manos del dragón tricéfalo Séfiris, una tormenta invadió los cielos durante 18 días e hizo que los vientos lloraran por su difunto amo volviéndose de nuevo salvajes e indomables hasta el nacimiento de la diosa hada Karisme.

Aenor fue un referente no solo para los hibs, sino también para las demás razas antiguas. Tanto es así que su nombre dio como palabra a las tormentas en el idioma craceico: aenum. Roxa lo convirtió en un dios primordial.

Hedo.


Foto de Rodrigo Souza en Pexels

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