CulturaEntrevistasLa visión de Alex

Una mujer gitana

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Sé que llego un poco tarde y que el día de la mujer trabajadora fue este mismo lunes. Sin embargo, creo fervientemente que todos los días del año son dignos de dedicar un texto a una mujer o, en este caso, a un grupo de mujeres en concreto. 

Mi estilo o mi canon de escritura es el de la literatura de ficción o fantasía, pero me veía en la situación de cambiar un poco el modus operandi que he llevado trayendo durante toda mi estadía en esta revista y este es el primer artículo más serio que escribo.

Dicho esto, comencemos y conozcamos la vida de una mujer gitana.

Hace unos días me reuní por vicisitudes de la vida con una mujer anciana gitana. Mientras nos tomábamos un café me contó cómo era ser una mujer entre esta etnia. Se llama Rosario y nació en el seno de una familia de los años 50 en una España dolorida y agitada aún por los rescoldos de la Guerra civil, donde dos padres tenían cuatro bocas que alimentar.

Me contó que su infancia no fue de lo más entusiasmada para una niña de su edad. A los seis años ya ayudaba en las tareas de la casa y cuidaba de sus hermanos pequeños. Me decía que su madre siempre le enseñaba a ser una buena esposa para su futuro marido. Algo que Rosario no entendía del todo en ese momento, pues una niña de seis años no conocía qué era un marido ni qué era ser “una buena esposa”. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo y los años se daba cuenta que su vida simplemente servía para un propósito: su casamiento y la servidumbre. ¿Por qué me dijo esto? Pues porque a los ocho años trabajaba limpiando las casas de las familias pudientes por lo que ahora serían seis euros al día. Además de luego regresar a su casa y tener que cuidar de sus hermanos y hacer de una segunda madre. Al año siguiente, su madre ya le empezó a enseñar a coser. Una tarea típica de las mujeres en aquellos tiempos y que toda esposa debía realizar. 

Sus padres ya tenían el ojo echado a un posible pretendiente para casarla cuando tuviera catorce años. Sin embargo, Rosario no es lo que quería, pero pensaba que es lo que debía.

Años más tarde y a causa de las necesidades económicas, tuvieron que mudarse reiteradas veces de ciudad en ciudad a causa del empleo. Rosario no recibía ningún tipo de educación y tampoco esperaba que la tuviera. No sabía qué era la escuela y lo que se hacía en ella. Su escuela era un tanto distinta, llena de estropajos, telas y personas que la miraban por encima del hombro. Así fue su vida durante mucho tiempo, hasta los dieciséis años cuando conoció a un chico que no era parte de la etnia gitana. Se veían a escondidas y Rosario se enamoró. Pero lo bueno no dura para siempre y esto no iba a ser una excepción. Aunque lograse eludir su casamiento de los catorce años y algunas otras bodas concertadas, su familia, especialmente su padre, no iba a permitir que su hija estuviera con un “payo”. 

Luchó por su amor y sufrió las consecuencias. Golpes y castigos fueron su pan de cada día durante un año, hasta que se marchó. Huyó de aquel lugar y se fue con la persona que amaba a buscarse la vida y vivir una distinta. Ya había cumplido los diecisiete años y su novio tenía diecinueve. Consiguieron vivir a duras penas al principio, pero conforme pasaba el tiempo viajaban por toda España buscando mejores empleos. Se marchaba a Francia en las vendimias, trabajaba en los algodones y en las fábricas de costura. Vivía una vida que para nada era la que se pensaba que algún día iba a siquiera soñar. 

Se ganó su libertad de una tradición que corta las alas, o más bien enjaula a los pájaros que desean volar por el cielo. Una tradición con lazos totalmente arraigados a la obediencia, la descendencia y el patriarca de cada lugar. En aquel sitio no tenía voz, no podía opinar y tampoco podía discutir sobre su vida siquiera. 

Es por eso que, sesenta y cinco años después, Rosario quiere mandar un mensaje a todas aquellas mujeres gitanas que, como ella, desean ser las dueñas de su pañuelo: “No tengáis miedo al cambio, que no es malo. Buscad lo que de verdad os gusta y no hagáis caso de lo que diga vuestra familia. Que nadie os diga lo que tenéis que hacer como mujer ni cómo tenéis que hacerlo. Arriesgad, porque si no, la vida enjaulada no es vida, sino un cautiverio”.

Foto de Maria Orlova en Pexels

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