La Visión de Álex

El legado de la tierra 4

Los ojos de Irmain se posaron en la pulsera de oro que tenía sobre su muñeca derecha. Es la que le hizo mi madre años antes de que muriera. Sé que es difícil para él aún. Al fin y al cabo, siempre le dio un trato especial pese a no ser su hijo de sangre. Los padres de Irmain desaparecieron poco después de convertirnos en gigantes. Desde entonces iba de un lugar a otro ganando dinero y subsistiendo gracias a trabajos esporádicos que realizaba. Todo hasta que mi nombramiento fue oficial. Desde entonces mis padres le dieron un lugar entre la élite, haciendo de mecenas en su aprendizaje.

-Sé que no estarías de acuerdo, pero tenía pensado acompañarte.

Irmain parecía no encajar aún el hecho de que yo sola me enfrentaría a los atum. De cierta manera lo entiendo. Yo tampoco lo he asimilado todavía.

-Mira, lo entiendo, créeme. Me da miedo encararme a todo esto. Ya me gustaría a mí no tener que entrenar todos los días nada más despertarme o correr por las llanuras sin preocuparme de absurdos protocolos y rituales.

Pero esto es lo que Roxa nos ha designado como raza. Nos guste o no, creo que no podemos hacer nada ahora mismo para cambiar el destino. Irmain, no vengas conmigo, por favor. No quiero llevarte a una muerte segura. Quédate y únete a las milicias de defensa. Te lo ordeno como tu diosa y te lo suplico como tu amiga.

Irmain no parecía muy convencido, pero no replicó y la única respuesta que me dio fue un suspiro largo y profundo. Sabía que estaba conteniendo las lágrimas y que cuando me marchase lloraría como aquella vez en la que unos abusones en Mesala le rompieron su juguete favorito.

– Está bien. Sé que no puedo hacer nada para cambiar tu opinión. Así que te haré caso.

Alargo el brazo y acaricio su cabeza con ternura.

– Perfecto. Sabes que me encantaría pasar mi vida contigo, pero ahora tengo que marcharme. Los atum no creo que aprueben del todo nuestro momento meloso –intento bromear para aclarar el ambiente–. Te quiero, Irmain, no lo olvides nunca.

Irmain parece no poder contener más la compostura y algunas lágrimas se escapan de sus ojos y recorren su tersa mejilla. Rompe la distancia entre nosotros y abraza mi cuerpo con fuerza.

– Aun en la vida y en la muerte…

– …seremos el todo de una nada.

Tras el abrazo nos dedicamos una última mirada para después encaminarme por el pasillo que iba directo hacia la sala de rituales. Se me hizo imposible reprimir las lágrimas durante el camino. El estar constantemente aparentando ser una persona fuerte cuando en realidad no lo eres es un esfuerzo que muy pocos conocen. No elegí esta ruta ni esta vida, simplemente la acepté y me dejé llevar por los sucesos.

Sin embargo, si hay algo que desde luego me llama la atención en este sendero de incógnitas y trampas es precisamente el fuego que las amenazas a mis seres queridos aviva.

Foto de Chris Czermak en Pexels

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